Vásquez

Por Nicolás Samper

Apuntó con furia, y al pegarle a la pelota fue un poco para desahogarse de tantos malos momentos. Vio el resquicio adecuado y perfiló la pierna derecha porque esta vez nada en la vida iba a ser capaz de fallar. ¿Qué iba a perder? Es que a él los silbidos no lo asustan. La vida ha sido implacable, a veces muy dura, como para dejarse amilanar por una pitada de esas que caen desde la tribuna cuando un remate termina en el puesto 30 de la fila H.

Pero a Vásquez eso no le da miedo. Le debe dar risa que ese balón silbe y se pierda en la tribuna. Y ojo, que es un temor muy soterrado en las almas de los jugadores de fútbol porque es ese cuestionamiento tan duro de las graderías que tan duros e implacables son cuando la puntería falla. ¿Cuántas veces ocurrió que un número 10 que en las prácticas patea desde 40 metros y todas las emboca, en pleno partido prefiere hacer un pase lateral antes que patear? Y es por puro miedo al rechazo, al rechazo de los que alguna vez lo quisieron.

El terror: es lo que frena al ser humano. Hay personas que no pueden someterse al escarnio público y a las miradas inquisidoras de un auditorio que los espera. O varones que cortan con un dedo el tronco de un secuoya, se les ve sobre la mesa de un restaurante gritando con voz afeminada por la presencia de un ratón. Todos hemos sido presos de él y a veces seguiremos siendo esclavos de él, para huir como si fuéramos Forrest Gump ante la aparición de una serpiente o frente a la toma de una decisión importante.

Vásquez debió encarar el pavor en forma de hoja de examen médico: un día un tipo de bata blanca le dijo lo que nadie nunca quiere oír. No hay ratón, serpiente, mariposa negra… no hay ninguna circunstancia que produzca más destrucción interna y más desolación que un dictamen de un médico. Y peor si el médico se ve muy seguro de lo que está diciendo. Ese día un doctor le mostró las pruebas y los exámenes y se determinó que con 28 años, con todo el tiempo por delante, tenía que ponerse fuerte, más allá de que por dentro se sintiera un derrumbe inevitable: le contaron que padecía leucemia.

Justo apareció semejante noticia cuando estaba pasando seguramente uno de los mejores momentos de su trayectoria, modesta, pero con la suficiente dignidad como para no perder jamás la esperanza. Andaba vistiendo los colores del Junior de Barranquilla y era titular. Entonces decidió salir de la cancha –obligado– para entrar al ring de la vida y darse puños contra un enemigo que tenía todas las armas para noquearlo.

Hoy el América retomó su lugar en la A, pero una de las mejores postales de este ascenso tan duro y tan difícil para sus hinchas fue esa determinación de Vásquez para patear sin temor a nada, hacia la portería de Tigres y guardarla en un ángulo. Porque no fue simplemente un gol: fue verlo entero, jugando bien, derrotando la enfermedad y, de paso, dándole una patada en el culo al destino para por fin poderse reír de él.

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.

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