No parecen mujeres, ¡son mujeres!

Entre el prejuicio de los demás y la lucha propia por su identidad queda claro que para ser transgénero hay que tener cojones.

Por Juan Carlo Prieto García

Mucho se dice y se piensa de ellas; que son raras, groseras, delincuentes, violentas, que son hombres disfrazados de mujeres… en fin, tanta cosa que es difícil no caer en presunciones, imaginarios y arbitrariedades.  En muchos periódicos, videos, lecturas se ha hablado de ellas, acercandónos de cierta forma a una vida que parece estar atravesada por la lujuría, el licor, la vida fácil y el sexo.

Hace más de seis años me encontré de frente con una de ellas. No debo mentir: sentía mucha curiosidad por hablarle, acercarme y entender más acerca de su vida; de las razones por las cuales una mujer tan bonita, tan “mujer” podia “esconder” bajo su ropa lo que a la luz de la sociedad machista no es más que el estandarte de la virilidad.

Cuántas personas siendo los más hombres, aguerridos, sin miedo y con “los pantalones bien puestos”, no le llegaban ni a los talones a una mujer que descubrió que lo era mucho tiempo después de haber nacido. Una mujer que desafió la sociedad en la que el deber ser y el qué dirán incorporan en nuestros cerebros códigos estáticos, cuadriculados y deseos impuestos.  Una mujer del pelo a los tacones: sí, a los tacones.  Y para subirse en ellos  hay que pelearlo.

Y es que esa pelea no ha sido fácil para ella ni para ninguna; inclusive a algunas les ha causado la muerte. Muchas son víctimas de manera sistemática de la violencia ejercida por sus parejas, familias, la ciudad, el Estado. En la mayoría de los casos han tenido que salir corriendo de sus lugares de origen,  de sus hogares, de los colegios, trabajos, universidades e inclusive  de sus cuerpos.

Querido lector, si alguna vez a usted lo han dejado afuera de un bar por andar pasado de copas, o quizá no lo ha recogido un taxi cuando llueve en estas frías tardes que nos azotan, o de pronto su banco no le haya otorgado el crédito para su carro o se quedó sin comprar esos zapatos que tanto quería porque este mes la quincena no le alcanzó, pues quiero contarle que su vida no se acaba allí. Piense en esa cantidad de mujeres transgénero de la ciudad a las que por vestirse de una u otra manera no dejan entrar a un bar en la calle 85, por ejemplo, en esas chicas que al tomar el bus no dejan de mirarles con extrañeza, a las cuales un banco jamás pensaría en otorgarles un crédito pues la generalidad en sus vidas es el “rebusque” y no un trabajo estable y duradero.

Le invito a pensar, deconstruir esas “taras” que tiene sobre las personas transgénero, personas como usted, como yo, tan normales o anormales, como quiera que sea; lo cierto es que tienen las mismas derechos, necesidades, capacidades y posibilidades que han sido diezmadas  por la discriminación. Por eso, si como yo tiene el privilegio de conocer a alguna mujer transgénero, lo mejor que puede hacer es reconocer que para ser mujer también hay que tener cojones.

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