Postales cero

Por: Nicolás Samper C. / @udsnoexisten

Por Nicolás Samper

En el 93 el General Santander explotaba de alegría porque si el Cúcuta no ganaba, su pescuezo se transformaría en suculenta sustancia de la categoría B. Esa tarde el rojinegro ganó 3-1 a un perezoso Unión Magdalena. Azogue –un zaguero argentino que estuvo poco, pero dejó buen recuerdo por esos lares– se abrazaba a Mancilla Aponzá y a Vladimir Campo. Y Moisés Pachón con sus dientes en franco desorden, como cuando un rompecabezas queda no muy ajustado, gritaba de emoción. Dos años después Pachón saldría del camerino del estadio Centenario de Armenia gritando, pero de la impotencia al no poder salvar del naufragio al Cúcuta, que tuvo que aguantar 10 años por fuera del circuito… ¡10 años!

En cambio en Ibagué en ese 1993 era todo un velatorio: Julio Javier Doldán miraba a ninguna parte, sentado en una banca desvencijada y apenas cubierto por una toalla. Había hecho los dos goles más estériles de su carrera y el triunfo 2-0 ante el Pereira no servía sino para darle algo de dignidad a un entierro precario: el Tolima debía despedirse de la A.

Y Bucaramanga en el 94, con el incombustible Ramoa buscando las hazañas imposibles que hicieron dar alguna esperanza o las atajadas desordenadas y sin técnica del hermano de Luis Barbat, bombero de emergencia al que le tiraron el buzo de arquero y alcanzó a responder en medio del incendio que ni siquiera les permitió rematar del todo su campaña en Bucaramanga: jugaron en Floridablanca –¿o Girón? La memoria cada día está menos afinada– en una estadio con alambres de púas y mucha gente cerca a la cancha. Un marco muy colegial para irse de un lugar en el que jamás había existido riesgo de evacuar hasta 1992, cuando se impuso el sistema de ascensos y descensos en nuestro fútbol.

¿Y para qué pensar en el drama del ‘Tigre’ Castillo lejos del timón, pero dentro de la cancha aquella noche aciaga que desperdició un penal ante Patriotas? ¿Por qué evocar a Carlos Chávez, el arquero de Patriotas que con un gol suyo envió a segunda al América, equipo del que era confeso hincha? ¿Por qué recordar que el Pereira se fue a la B por cuenta de un extrañísimo marcador que lo perjudicó en Bogotá en un duelo Millonarios-Unicosta –que era el otro club en discordia para abandonar la categoría de honor– que todavía genera miradas raras? ¿Para qué pensar en el niño –hoy adolescente y al que ya seguramente le tocará declarar renta– que le echaba las culpas “al Dimayor” después de que el Pasto descendiera por cuenta de un botellazo a un juez de línea? ¿O ver cómo el ‘Proyecto Centauros’ que iba a llevar a un club de Villavicencio a Tokio terminó siendo el fracaso más rutilante de un recién ascendido? ¿O al Unión Magdalena que no tenía cómo pagar las comidas de sus jugadores en los hoteles y remató el torneo con juveniles el día de su relegación en 2005?

Porque es probable que hayamos asistido a uno de los descensos más predecibles, simples, aburridos y menos dramáticos de la historia –el segundo porque ya se habían ido una vez dejando un sabor similar–. Lo único que dejó Fortaleza como postal fue apenas el buen humor de su CM. Nada más.

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.

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