Llanto

Por Nicolás Samper

El de los niños es imposible de sortear: pasa en un avión que está acercándose a su destino. En la fila de atrás se oyen los decibeles altos de un niño que no para de sufrir y uno piensa que faltan cuatro horas de vuelo y que el niño hasta ahora está haciendo un solfeo de calentamiento porque en serio tiene muchas ganas de seguir gritando. Hay gente que se desespera y sueña con que el avión se estrelle en esos escenarios. Yo no soy de esos porque era un niño llorón, entonces sé que debo ser paciente. Es como un karma que se tiene que pagar.

Alguna vez mi mamá descubrió el secreto que usaba mi papá para aplacar mis alaridos, lágrimas y mocos aguados. Lo pilló bañándome en un platón, con agua fría. Con ternura de padre, pero con agua fría. Supongo que ese era el único antídoto para callarme porque nada más funcionaba.

Y cuando fui papá supuse que para que el equilibrio de la vida siguiera en orden, mi hija tendría que martirizarme con doloroso plañir para que yo pagara tanto sufrimiento producido. Al principio parecía cumplirse la profecía: mi hija no quería dormirse y el encargado de hipnotizarla hasta el ronquido muchas veces fui yo, luego de llegar de trabajar.

Entonces le hablaba de mi día, pero ella en lugar de aburrirse y quedarse dormida, abría los ojos cada vez más, como si sintiera interés por una historia que era exactamente igual siempre. Alguna vez tuve que inventarme un par de hazañas mentirosas para sazonarle el relato habitual y en una ocasión no quiso dormirse sino después de dos horas de hablarle, cargarla durante ese tiempo por toda la casa y arrullarla mientras yo claudicaba del cansancio.

Una noche parecía imposible, de verdad. No se detenía y cada vez lloraba más fuerte. Y el día en el trabajo había estado pésimo, así que mucho ánimo de fabular no existía. En medio de la desesperación pensé en repetir un mantra, o mejor, una formación de un equipo cualquiera para intentar aplacar tanta ira pulmonar. Roganti, Chabay, Buglione, Basile y Carrascosa; Fatiga Russo, Brindisi, Babington; Houseman, Avallay y Larrosa. Juro que repetí unas 200 veces esa alineación, la del Huracán del 73, para muchos uno de los mejores equipos en la historia del fútbol argentino. Al otro día volví a usar el mismo método. Lo repetí apenas 50 veces. Y al tercer día fueron 20. Ella se quedó en ese promedio. Durante dos meses se durmió oyendo los nombres de un equipo hermoso, lleno de fantasía y que a mí me salvó el sueño.

Hoy María José no llora tanto. Se ríe todo el día, en realidad. Ya no tengo que recitar de memoria aquel equipo de Menotti para dormirla cuando nos vemos los fines de semana. Los papeles cambiaron porque al verla crecer tan hermosa, a mí, a diario, en algún momento del día en el que pienso en ella, se me encharcan los ojos de puro amor. Pero para que nadie me vea llorar empiezo la letanía mental, dedicada a mí: Roganti, Chabay, Buglione, Basile, Carrascosa, Fatiga Russo…

Conmigo también funciona. Tal vez eso fue lo que debieron cantarme mis papás para evitarse tantos insomnios y tanta agua fría.

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.

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