Fútbol sin fútbol

Por Alejandra Omaña*

Por Nicolás Samper

*Hoy cedí mi espacio a Alejandra Omaña, hincha furibunda del Cúcuta y que necesitaba un espacio de desahogo. Espero disfruten su prosa como yo lo hice.

A José Augusto Cadena, pese a expresar su deseo de recuperar el club como empresa, se le olvidó que administra un equipo de fútbol al que además de resultados económicos, se le deben exigir resultados deportivos. Una obviedad. Por falta de resultados, dejamos de ir al estadio con la esperanza y emoción puestas, a compartir en el General Santander con personas que no conocemos, pero con las que tenemos en común el mismo calor, la misma violencia, los mismos funcionarios corruptos y el mismo equipo de fútbol.

Los futbolistas antiguos en el equipo han bajado su rendimiento. A esos que en semestres pasados se les aclamaba como figuras y se les agradecía de pie a su salida, pasan inadvertidos, entran sin fuerza, juegan porque en eso trabajan y olvidan el placer que produce hacer goles. Los jóvenes, no trabajan ni por su propia carrera futbolística. Se dejan llevar por una mínima fama como si el prestigio lo diera ser jugador. No, el prestigio real llega cuando se es buen jugador. Si no salen a la cancha por un equipo del que hasta ahora hacen parte, pueden salir por sus propias carreras futbolísticas para que quizás los compren unos clubes que les gusten y les den un salario mayor, que hasta ahora no han merecido. Quizás piensan en jugar en Europa sin trabajar para ello o ni siquiera piensan en un club que haga mejor fútbol.

Hace 92 años fue fundado el Cúcuta Sports Club, el cuarto equipo más antiguo del país. En 1928, el equipo del Cúcuta, que representaba al departamento en los Primeros Juegos Olímpicos Nacionales celebrados en Cali, llevó a la ceremonia de inauguración una bandera negro y rojo, en rechazo a la muerte violenta que sufrió el destacado deportista Ciro Cogollo. Negro muerte y rojo sangre. Los jugadores fueron ovacionados por los asistentes, que además relacionaron la bandera con un homenaje a las víctimas de la masacre de las bananeras. Esa misma bandera, más adelante, se oficializó como la bandera de la ciudad. Fueron y regresaron a Cali en un viaje de semanas por carretera y llegaron con glorias, con un buen trabajo en las Olimpiadas y con la satisfacción de marcar la historia de ‘la Noble, Leal y Valerosa’.

¿Qué hay hoy? Juego sin juego. Triste espectáculo para los más de 40.000 hinchas que cada domingo llegaban al General Santander en pantalones cortos y gorra. Han desilusionado incluso a esos a los que no les tiembla la lealtad, a esos mismos que fueron capaces de entrar un hincha muerto, en su ataúd, para que los acompañara a celebrar goles.

Y como hinchas no nos queda más que decir que faltan mejores contrataciones, pero quizás lo que falta es actitud, fuerza, respeto por unos colores de tradición, y por ellos mismos.

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.

Contenido Patrocinado
Loading...
Revisa el siguiente artículo