Lecciones del Bronx

Por Andrea Padilla

Las imágenes del desalojo del Bronx de Bogotá han generado toda clase de opiniones sobre cómo intervenir un fenómeno de características cada vez más siniestras y estremecedoras. Peñalosa trinó informando que 29 animales estaban siendo atendidos por el Centro de Zoonosis. Petro ripostó la inhumanidad de separar a los habitantes de calle de sus únicos compañeros. Ambos desatinados.  

En 2014 hicimos la primera intervención “Calidoso” en la Plaza España. De los 102 perros y gatos atendidos, la mayoría eran de recicladores y residentes del sector. Los pocos de habitantes de calle fueron apenas vacunados y desparasitados, ante el rotundo rechazo de sus tenedores a la idea, casi ofensiva, de esterilizarlos. Solo seis animales fueron rescatados –una gata con sus crías y un pitbull invadido de sarna hasta el cogote– pese a la cantidad que vimos pasar en mal estado. De los “lugartenientes” del sector, ningún perro ni gato apareció. 

Un año más tarde repetimos la propuesta en el temido Bronx. Nuevamente, de los 110 animales atendidos, pocos eran de habitantes de calle y ninguno de delincuentes que operan en la zona. Los cupos de esterilización se aprovecharon para gatos y perros de recicladores, comerciantes y residentes. Solo un gatito negro de mes y medio pudo ser recuperado, en medio de la más dolorosa transacción de dejarle su hermano a una joven que apenas si podía sostenerlo con la mano en la que no tenía el pegante.  

De nuevo, ninguna posibilidad nos asistió para obligar a habitantes de calle y otros residentes del Bronx a permitir que sus “compañeros” recibieran atención. Tampoco para tomar en custodia a animales con señales evidentes de abuso y maltrato. Menos aún, para exigir su esterilización y castración. Cómo, si muchos se lucran de su explotación. 

No pretendo demonizar la tenencia de animales por habitantes de calle, ni de personas entregadas a la droga y al delito. Tampoco desconocer que en ambas jornadas hallamos indigentes para quienes sus animales son amigos a quienes les profesan el amor y el respeto que ellos mismos han dejado de recibir.  

Pero tampoco se puede desconocer que la tenencia de animales de parte de personas a quienes la vida dejó de importarles hace mucho y pasan sus días en entornos donde reina la locura destructiva, debería ameritar, al menos, discusión.  

Reconocer, como sucede hoy, que los animales son seres vulnerables y sintientes, debería conllevar necesariamente la revisión de asuntos que otrora considerábamos por sentados o de menor importancia. La razón de que “solo son animales” ha perdido en el debate toda pertinencia y fuerza argumental. 

Ni basta atender 29 animales, ni vale proteger el “derecho” de habitantes de calle a tener perros y gatos porque “no cuentan con nada más”. Mientras no podamos prohibirles la tenencia de animales a personas incapaces de velar por ellas mismas y por otros, el Estado debería exigirles, como a cualquier ciudadano, garantías de protección y tenencia responsable de los animales, incluida su esterilización. De lo contrario, debería tener la facultad de ponerlos bajo su custodia.  

Considerar a un perra “compañera sexual” es un hecho dramático que no amerita romanticismos sociales en su análisis. Todo lo contrario, exige humanidad y determinación para proteger, siempre, al indefenso. 

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.

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