¿Estamos dispuestos a pagar por ir a un desfile de moda?

Por NELSON RUEDA

La gente ha intentado colarse y entrar a pasarelas de moda desde muchas décadas antes que las Kardashian tuvieran labios naturales. Todos sabemos lo increíblemente cerrado y exclusivo que es la industria de la moda y, en consecuencia, sus afamados eventos. Ser invitado a una pasarela o show quiere decir que de alguna manera hay un vínculo con la industria, sin mencionar que los asientos simbolizan una jerarquía que de vez en cuando tiene presencia de nuevos talentos y celebridades. Sin embargo, una de las premisas que tiene una semana de la moda es que los puestos no se compran ni se eligen como una entrada al cine. Te invitan o no. Sin embargo, la pronta entrega del Bogotá Fashion Week pone a disposición del público un sistema de venta de boletas con el cual no muchos están de acuerdo.

Desde mucho antes, las invitaciones a los desfiles de moda eran el primer abrebocas –y uno muy único– de lo que el diseñador quería mostrar a su publico consumidor. Las invitaciones nos dan pistas de qué trata el evento o cómo quiere el diseñador que nos preparemos para este. Para el desfile de primavera-verano del 97, Hermes envió una invitación en forma de lo que para entonces iba a ser su pieza icónica de la colección: el bolso Kelly. Esta invitación no solo reflejaba el culto que rindieron a este accesorio, sino también la problemática que París sufrió en 1995. Valentino, en 1990, envió una invitación en forma de casete, el cual contenía todas las canciones que inspiraban y estarían durante el show. Ya sean coloridas, grandes, divertidas, demasiado elaboradas o interactivas, las invitaciones a un desfile de moda siempre serán el tiquete dorado para el exclusivo mundo de la moda.

Con el paso del tiempo la democratización de la moda se fusiona más a la industria, por lo que los diseñadores y compradores cada vez buscan más la exclusividad sin perder la masificación en la comunicación de sus marcas. Sin embargo, la búsqueda de dicha exclusividad durante esta era digital, en la que la información se permea vertiginosamente, ya sea en imágenes o videos, se torna difícil. La era digital corroe la exclusividad que siempre fue inherente de la moda. Si enviar una invitación por e-mail, incluso por WhatsApp, hace que todo el evento o pasarela pierda su encanto, su exclusividad y con ella cualquier contextualización para sus invitados, ahora imagínense comprarlas. La moda no ha pertenecido al pueblo, ya que la moda no es como la política. Entonces, ¿está siendo coherente el sistema con los alineamientos de la moda?

Vender las boletas para los desfiles no ha sido una novedad. Durante la temporada del New York Fashion Week, las personas que revenden sus entradas a desfiles individuales pueden hacerse hasta 2000 dólares en ganancias. La segunda edición del Bogotá Fashion Week pone la venta de entradas que pueden cubrir desde la fiesta de apertura hasta las pasarelas, con el fin de que haya una inclusión de personas que no son ni compradores ni prensa, pero que quieran hacer parte del espectáculo. Aunque la iniciativa tiene un enfoque social muy fuerte y la democratización se está volviendo un tema de la temporada, la moda, honestamente, siempre pertenecerá a un círculo muy estrecho. Por más que la política sea incluir a “todos” en este rubro, el que una boleta tenga un alto costo, sesga y limita el público comprador a aquellas personas cuyo poder adquisitivo elevado les permita darse la indulgencia de pagar la entrada. Entonces, la analogía –e ironía– es igual como cuando Olivier Rousting combinó fuerzas con H&M para masificar una colección en la que la gente tuviera acceso a prendas Balmain x H&M. Una persona promedio no frecuentará Balmain, así como no lo hará en un desfile de moda, pero por otro lado, hoy en día podemos adquirir la experiencia de tener o vivir algo similar. Entonces, si hacer la diferencia se puede comprar, ¿por qué no hacerlo?

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.

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