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Fue lo que más me llamó la atención del fútbol sabatino, incluso más que el pedazo de partido extraordinario que disputaron Junior y Nacional.

Hubo algo que me despistó, que atrajo mi atención: pasó en Bogotá durante el partido que disputaron Millonarios y Boyacá Chicó. Cuando la pelota empezó a rodar en El Campín los once futbolistas que vestían la camiseta azul se sentaron en el césped y dejaron de participar del partido durante un minuto.

La misma situación se vivió en los encuentros previos al de Bogotá: los 22 profesionales que se reunieron para luchar por los puntos en el juego Tuluá-Tolima, así como los 22 que encabezaban las formaciones iniciales de Patriotas y Pasto, continuaron con el mismo gesto: tocaron el balón y de repente se hincaron en el pasto de los estadios 12 de Octubre e Independencia. Todo tenía una razón de ser. No era un capricho cualquiera: era más bien el llamado a los que deciden lo que pasa en la cancha sin siquiera haberla pisado, el toque de atención para que se den cuenta de que los futbolistas son tipos dignos, que necesitan de voz y de voto en las decisiones que se cocinan en los escritorios de las entidades que rigen el fútbol y que son ocupadas por directivos encorbatados, soberbios, muchas veces ajenos al sentimiento y opinión de los que de verdad son los dueños del show, los que hacen que la gente llene las graderías: los futbolistas

Y el punto álgido de esta manifestación pacífica y silenciosa era uno solo: la molestia de los futbolistas por el cambio de los horarios del FPC, dictado por Jorge Perdomo con el fin de ahorrar luz en estos tiempos en los que los culpables de un racionamiento somos todos, menos los verdaderos responsables. Jamás la Dimayor tuvo en cuenta la posición de entrenadores y jugadores para aplicar la medida.

Más allá de estar de acuerdo o no con esa posición, entre todos pensaron que ese sería un método válido para mostrar su inconformismo, menos los muchachos del Boyacá Chicó, que se quedaron de pie. Más tarde los hombres del duelo Junior Nacional continuaron con la tónica del día: los 22 futbolistas se sentaron y se hicieron sentir con su voz de protesta.

Cada quien tiene sus propios motivos para decidir o para hacer parte o no de una causa. Eso es respetable. ¿Por qué los muchachos de Chicó no se sentaron? ¿Es cierto que hubo presiones de la Dimayor para que los jugadores no protestaran? ¿Es cierto que no hubo unanimidad entre los dirigentes para decretar los cambios de horarios y que más bien fue una medida dictada por Perdomo para ganar puntos con el presidente Santos? ¿Por qué en el Huila-Jaguares nadie protestó tampoco? ¿Los presionaron también a ellos? ¿O los 22 citados no sabían qué estaba pasando, o directamente –que sería valioso también saberlo– no les importa mucho lo que pase y están conformes así?

El experimento ha sido flojo: es imposible saber cuánto se ha ahorrado efectivamente jugando temprano, la gente no ha ido a los estadios, los jugadores no han estado conformes, en televisión nuestra modestia compite contra los mejores partidos de las ligas mundiales y, como para completar, el ahorro –un ahorro medio falso la verdad– se hace en la A, pero no en la B, donde las luminarias se encienden siempre en los dos partidos del lunes que se transmiten por televisión.

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.

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