Macondiana vergüenza II

Por: Andrés Ospina. Escritor y realizador de radio/ @elblogotazo

Por ANDRÉS OSPINA

¡El libro reapareció y me admito sorprendido! Igual que su propietario lo creía imposible. A propósito –entre tan inesperada alegría– pensé en la historia detrás del lote de 8000 ejemplares que conforman la codiciadísima primera edición de Cien años de soledad y del misterioso trasegar de este volumen aventurero en el que Colombia fijó su solidaridad por una semana.

Fue en 1967 cuando un desconocido escritor de 39 años, radicado en México y llamado Gabriel García Márquez –con cuatro publicaciones a su haber y un palmarés de no más de 1000 unidades vendidas de cada una– presentó ante la prestigiosa firma argentina Editorial Sudamericana el manuscrito de cierta novela en la que trabajaba desde el 65.

Francisco Porrúa, editor a cargo, fallecido en diciembre pasado, se interesó por él desde cuando encontró su nombre en algún texto sobre jóvenes plumas latinoamericanas, y quiso buscarlo para proponerle reeditar sus obras. El cataquero le respondió que tales derechos ya estaban comprometidos, pero que a cambio ponía a su consideración otro proyecto, de antemano rechazado por Seix Barral, quienes lo tildaron de ‘impublicable’. Allí hablaba de Macondo, alucinante aldea caribeña… una réplica a escala del mundo. Su hechura había golpeado las arcas familiares con deudas por 10.000 dólares, venta obligada del automóvil de los García Barcha y retrasos en varios meses de renta, entre otras estrecheces.

Porrúa le pidió cuartillas de vuelta. La pareja fue al despacho postal, con una copia lista para embalar a Buenos Aires. Como el importe era de 180 pesos, empacaron las páginas suficientes para que este no superara los 80… todo cuanto les quedaba. “¡Ahora solo falta que la novela sea mala!”, fue el único reproche de su mujer, cuya fe lo sostuvo hasta aquel día. Y se equivocó.

La siguiente carta de Porrúa venía con cheque de 500 dólares. Por primera vez García Márquez conoció en bolsillo propio lo que era un adelanto. Cien años de soledad salió un martes, mayo 30 de 1967. La impresión debut pereció pronto, devorada por una jauría de lectores voraces. Su carátula es exclusiva e improvisada. La definitiva –encargada al mexicano Vicente Rojo– fue incorporada a partir de la segunda, por demoras en entregas.

Álvaro Castillo Granada consiguió su ya célebre copia durante 2006 en algún puesto de la calle Tristán Narvaja de Montevideo. De ahí la llevó por vía acuática hasta Buenos Aires. De Buenos Aires voló con ella a Bogotá. Luego la expuso en La Habana. Allá fue exhibida en un evento local, sin que se la robaran. De La Habana retornó a Bogotá. De Bogotá viajó a México, donde en 2007 un tal Gabo la firmó. De México, a Bogotá.

Hoy, por decisión suya, esta reliquia y algunas otras encallarán en la Biblioteca Nacional. “Los libros llegan a tu vida y se van. Este vivió un trecho conmigo, pero ahora seguirá su camino. Nunca pensé que despertara tanto y tan desinteresado respaldo. ¡Estoy muy agradecido con todos! Pero el destino me indicó que debía irse, y ahora creo haberle encontrado un hogar adecuado”, me comentó, en palabras de librero místico. Contradiré mi reflejo condicionado por experiencias anteriores y creeré que allí esta joya reposará en paz, burocracias mediante. En unos años hablamos de cómo nos fue.

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.

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