Con la dignidad varada en un bus que iba a Venezuela

Crónica. Denuncias de venezolanos que no han podido irse a la frontera, han llenado las redes sociales. Segunda entrega de Volver a casa

Por Natalia Martinez

En redes. En Facebook, los venezolanos en Colombia, contactan con cientos de conductores y empresas que les disponen de un bus para llegar a la frontera con Venezuela. Por lo general, los viajes van hasta Cúcuta

Un pasaje puede ir de los 120.000 a los 300.000, según la empresa, el tamaño de los buses y la comodidad para los viajes largos, que por lo general no paran, sino que van directamente de un punto a otro. Rosana encontró una empresa, recomendada por otros migrantes. Entre los venezolanos se van creando redes de apoyo, que son necesarias para no sucumbir ante la cruda realidad y sentir cerca a su tierra.

Le cobraron $160.000 por su silla. Como iba con maletas, le sumaron $30.000 más. Así, ella y 40 personas se embarcaron en un bus de servicio especial, el pasado jueves 23 de abril.

“Había dos opciones: irme a vivir a donde trabajaba o devolverme. Yo dije que mejor me devolvía… No hay nada como lo de uno, lo propio. Entonces cuando tenía la plata que me regalaron y me subí al bus estaba feliz”, cuenta.

En la avenida Boyacá con carrera 13, el bus partió con mujeres, hombres, niños, bebés, hacia el peaje Andes en la salida norte de Bogotá. El viaje, que duraría de 14 a 16 horas seguidas hasta Cúcuta, duró casi 60 horas y con un destino totalmente diferente.
Desde que inició la crisis por la pandemia en Colombia, empezó a revertirse una situación de cinco años en el país. Por primera vez, los venezolanos que habían venido a Colombia a huir de la desidia de su Gobierno, se iban.

“Esto se reactivó. Trabajo con venezolanos hace cinco años, cuando empezó la crisis con Maduro y el cierre de fronteras. Ahí, muchos encontraron en el transporte de venezolanos una opción. El mercado fue tan bueno, que unos terminaron en la cárcel por enriquecimiento ilícito…”, cuenta Jessica Martínez, propietaria de uno de los siete buses que estuvieron varados por cuatro días en el barrio Visión Colombia en Bogotá.

Rosana empezó a buscar ayuda. La información que la Policía les dio el jueves y con la que los hizo devolverse desde el peaje hasta un barrio que no conocía, la desalentó, “No, que no nos van a dejar salir, que porque no hay permisos. Que Migración debe venir a buscarnos en la noche o mañana (viernes 24 de abril)  y me preocupa porque hay gente con niños”, contó.

Migración no llegó ese día, ni el siguiente. El bus de Rosana estuvo varado en un parqueadero a cielo abierto en el suroccidente de la capital colombiana. Sin comida, sin poder bañarse y apeñuscados, en plena pandemia de coronavirus, durmieron no solo los compañeros de la mujer, también unos  250 migrantes, en otros seis buses; unos hasta el sábado, otros hasta el domingo.

“Esto es inhumano. Tenemos niños, mujeres embarazadas y no nos dejan ir. Tenemos hambre… Nuestra plata se fue en los pasajes”, dijo Ángela Mosquera, mientras denunciaba. El llanto se apoderaba de niños, la incertidumbre de los conductores y la tristeza de los venezolanos que vivían un problema más, pero esta vez no para entrar a Colombia, sino para salir.
No nos quieren en su país, nos humillan por ser pobres, nos escupen y ahora que queremos irnos, no nos dejan salir. ¡Quieren es matarnos!”, decía Rosana, que sin quererlo se convirtió en la líder.

Ir a orinar era un martirio. Las casas vecinas le pusieron precio al baño: $1000 y $1500 cada entrada… para el que se quería bañar, o entrar con niños, la tarifa era de $4000. El bolsillo ya venía vacío y con este desatino del destino, se desintegraba.
“Hoy nos tocó comprar un arroz y hacerlo para todos… ahí nos ayudaron, pero el frío es terrible. Es que si nos quedamos en los buses, ¿en dónde?”, decía indignada Rosana, mientras intentaba hablar con los medios.

Mientras la situación se complicaba, Migración Colombia respondía a PUBLIMETRO: “Entendemos la situación de esta población, sin embargo, cualquier desplazamiento que se realice debe ser coordinado por las alcaldías con Migración Colombia”.

“Nosotros les hemos ayudado como podemos. Pero la realidad es que transportarlos es un riesgo de pérdidas. Están en los buses, durmiendo con los niños, todos incómodos y aunque los buses son cerrados, hace frío”, cuenta Jessica que estuvo al tanto de la situación.

Entre olores, el llanto de bebés desesperados, sudor, tapabocas sucios y con el hacinamiento en tiempos de distanciamiento social, la dignidad humana, esa que parece primordial en los derechos humanos, estaba arrumada en siete buses en el barrio Visión Colombia, que no le dejaba la mejor visión de Colombia, a los venezolanos desesperanzados.

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