La vida pasa lentamente en los albergues temporales de Mocoa

Además de revivir los recuerdos de aquella noche, quienes están en estos lugares se quejan de que la comida empieza a escasear

Por Juan Pino

Una extensa fila de personas espera su turno bajo el fuerte sol de la mañana en una carpa ubicada dentro del Instituto Tecnológico de Putumayo. La fila avanza sin inconvenientes. Por su lado pasan niños con tímidas lágrimas que apenas logran bajar por las mejillas: acaban de ser vacunados.

La larga fila de gente y la cantidad de soldados del Batallón de Sanidad y personal de la Misión Médica advierten que hemos llegado a un albergue temporal. En sus puertas entran y salen a toda velocidad camionetas con una cantidad de logotipos de varias ONG, misiones, entidades del Estado e infinidad de organizaciones. Adentro, mientras algunos soldados están encargados de poner los desechos  en su lugar, un grupo de niños se divierte viendo a un animador disfrazado de payaso jugar con un perro french poodle.

Al ingresar al coliseo, después de un estricto control militar, se ve un mar de picos verdes que tapan el gris del pavimento. El lugar está completamente lleno de carpas que ha ido entregando el Ejército, para que sirvan de casas a cientos de familias en las próximas semanas.

De momento, los damnificados buscan cómo pasar el tiempo. Es difícil estar allí sin mucho qué hacer y no pensar en lo que pasó la madrugada del sábado. Alicia Majín Quinallás, damnificada de la avalancha, no puede contener el llanto al hablar de lo vivido.

“Gracias a Dios estamos bien, pero no, uno no puede dejar de pensar en eso”, dice llorando.

Alicia cuenta que salió desplazada de Orito, también en Putumayo, hace 14 años. Tuvo que salir con sus dos hijas pequeñas huyendo de la violencia de las Farc y buscar suerte en Mocoa. “Vivíamos en Los Laureles. Mis dos yernos trabajan, el uno en el Ejército y el otro en la Cruz Roja. En el barrio quedaron apenas tres casas en pie. Nos la pasamos de techo en techo como los gatos buscando dónde quedarnos. Si no es por mis yernos, no nos salvamos nosotros ni otras 120 personas que rescataron y subieron a los tres techos”.

Mientras converso con Alicia, soldados del Batallón de Sanidad, bajo el comando del coronel Carmona, entregan galletas dulces y un vaso de leche a cada niño del albergue. “Es que no han llegado desayunos, hoy nos fuimos en blanco. A nosotros los mayores solo nos dieron galletas de sal; a los niños, leche y galletas. No sé qué pasó, todo venía bien, pero ya hoy no hay comida”, dice una mujer de unos 60 años que pasó por mi lado y no quiso decir su nombre.

Un soldado, que pidió reserva de su nombre, explicó la situación: “Teníamos el control. El coronel Carmona tenía organizado el tema de la comida. Ya estaba contratado y el proveedor había cumplido. Estos días se habían entregado los menús sin ningún contratiempo. Pero desde hoy, el alcalde tomó el control, contrató un nuevo proveedor y mire, hasta ahora no ha llegado comida. Usted sabe que cuando la gente se mete en esto siempre quiere llevar su tajada. Tanta corrupción es lo que no deja progresar”.

Nadie en el albergue, a las 11:00 a.m., había probado bocado. “Nos tienen apenas con galletas y agüita”, dice Alicia. Además, los baños empezaron a taparse y sumado al hambre había que aguantarse el mal olor de las baterías sanitarias.

Mientras se recorre el lugar se empiezan a evidenciar las condiciones de los que están allí. Hay personas vendadas, raspadas, con hematomas, especialmente en las piernas y en los brazos, así como algunas aún en shock por lo que vivieron el sábado.

“Mire, a mí me pasó rozando la pierna una piedra. Cuando salí, solo le daba gracias a Dios que esa piedra no se me llevó la pierna. Alcancé a sacar a mi esposa y a mis tres hijos de la casa. El agua me daba hasta las costillas. Estamos bien, pero perdimos todo”, dijo Luis Eduardo Santacruz, otro damnificado. “Ayer fui a ver cómo estaba eso por allá. Ni siquiera fui capaz de encontrar dónde quedaba mi casa”, finalizó.

En un costado del coliseo, dos carpas sirven como enfermería para aquellos que no están tan bien de salud en el albergue. Un soldado cuenta que sobre todo viene gente quejándose de dolor en el cuerpo, especialmente en las piernas y los brazos, o en el abdomen. Quizás se deba al brutal esfuerzo físico que tuvieron que realizar para evitar ser arrastrados por el agua.

“Nos subimos tantas personas a los techos que uno de ellos cedió porque había un tanque de reserva. Allá cayeron dos señoras. Mis yernos lograron salvar a una, a la otra sí se la llevó el agua”, cuenta Alicia entre sollozos. Mientras tanto, decenas de soldados pasan llevando cajas de leche y agua. Muchos de los damnificados les reclaman porque aún no les llega nada de comida o porque, según ellos, aún no les han dado leche con galletas. “Señora, ya le dije que la leche no es para todos, es solo para los niños. Si usted quiere le doy galletas o pan, pero leche no le puedo dar”, le dice un soldado a una joven mamá. “Pero es que tengo hambre y no han dado desayuno”, responde la mujer.

Un hombre pasa entregando Nuevos Testamentos a todas las personas del albergue. Quizás sea por ahora la única opción de entretenimiento diferente a los animadores de niños que llevan las ONG y las instituciones del Estado.

Mientras tanto, la vida pasa en la espera de recibir ayuda, algo de comida, aliviar las heridas y dejando atrás lo que pasó el sábado.

“Ya toca es mirar para adelante y mirar cómo salimos de esto”, me dice Luis Eduardo con resignación. Mientras tanto, decenas de cabezas agachadas se ven en todo el albergue, definitivamente la lectura del Nuevo Testamento fue la única opción de entretenimiento, o quizás de alivio para el dolor.

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