La otra cara de la última conferencia de las Farc

En un lugar muy lejano, al sur de Caquetá, se encontraron dos realidades: la de los guerrilleros desarmados que se preparaban para la firma de la paz y la de los ajenos al conflicto, citadinos, periodistas, que quisieron presenciar los últimos días de las Farc como guerrilla.

Por Esperanza Arias/Publimetro

Los miembros del frente 26 llevaban más de un mes en el mismo campamento mientras esperaban la llegada de otros compañeros desde diferentes puntos del país. Al mismo tiempo, periodistas de todo el mundo acordaron su encuentro en San Vicente del Caguán.

El 17 de septiembre, con el calor del mediodía, una chiva empezaba su recorrido hacia la parte más recóndita de los llanos del Yarí; el mismo punto que hace 17 años fue protagonista por la zona de despeje del fallido proceso del paz con Andrés Pastrana: El Diamante. En ese lugar el ‘Mono Jojoy’ construyó un campamento del que solo quedan las ruinas, pero que ahora sirvieron de base para los nuevos cambuches en los que los guerrilleros esperan dejar las armas para transformarse en un movimiento político.

En la salida de San Vicente del Caguán, con rumbo al lugar donde se realizó la Décima Conferencia, había un puesto de control del Ejército en el que todos los que cruzan esa “frontera invisible” debieron presentar su documento de identidad y registrarse. Esa sería la última vez que los 36 pasajeros de esa chiva verían a miembros de la autoridad estatal.

Para los extraños, el camino hacia El Diamante se hace eterno. Ocho horas de viaje por una carretera sin pavimento que se abre paso entre la llanura del Caquetá, la misma carretera que fue construida hace más de una década por las Farc. Dos horas después de haber salido de San Vicente del Caguán aparece una pequeña casa de madera en la que resalta un aviso amarillo, firmado con las siglas ‘JAC’ y que alerta al visitante el pago de un “peaje”.

La preocupación que invadía a muchos por aquella realidad desconocida que muy pronto enfrentarían, se fue difuminando poco a poco con los bellos paisajes y el hermoso atardecer que solo los llanos colombianos ofrecen.

Entre charlas, cervezas y risas todos empezaron a ser consientes de aquella complicidad que con los días se fue haciendo más fuerte. Todos esos periodistas iban con el mismo objetivo: ver, oler, palpar… Vivir la vida guerrillera.

Faltaban pocos minutos para las ocho de la noche de aquel 17 de septiembre cuando empezó a aparecer, en medio de la oscuridad y un silencio ensordecedor, un inmenso cartel que daba la bienvenida a la Décima Conferencia Nacional Guerrillera.

Segundos después, un pequeño hombre con una linterna en sus manos se acercó a la chiva, iluminó el rostro de los que estaban dentro del vehículo y dio la orden de bajar sin equipajes.

Fue un momento intimidante. Solo la luz de la luna iluminaba los rostros de los hombres uniformados y con botas que estaban sentados en una banca de madera. Era, para muchos, el primer contacto con guerrilleros. Luego se escuchó la voz de una mujer que le daba la bienvenida a los periodistas y los invitaba a pasar a una carpa en la que entregarían las acreditaciones, para después indicarles cómo sería la estadía en ese lugar por los próximos días.

Al día siguiente, cuando el sol apenas empezaba a asomarse, la guerrillerada se alistaba para ver, después de mucho tiempo, a su máximo líder ‘Timochenko’. Él sería el encargado de dar apertura a la conferencia.

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A las siete de la mañana en punto, frente a miles de guerrilleros perfectamente uniformados y alineados, aparecieron en la tarima los miembros del secretariado de las Farc.

“En esta guerra no existen vencedores ni vencidos… Si nuestros adversarios quieren pregonar que ganaron la guerra, allá ellos. Para las Farc y nuestro pueblo, la mayor satisfacción será siempre haber ganado la paz”, dijo ‘Timochenko’.

Después del corto discurso del jefe de las Farc, que no duró más de 15 minutos, se intensificaron los intercambios de miradas entre guerrilleros y periodistas. Los uniformados analizaban a aquellos extraños armados con cámaras, trípodes, grabadoras, mientras que del otro lado estaban los comunicadores intentando descifrar lo que estaban pensando, intentando cazar la mejor historia.

Con los días, la cotidianidad en los llanos del Yarí empezó a envolver a los visitantes, que ya se confundían entre la guerrillerada, quienes vestían de civil y dejaban sus armas colgadas en improvisados percheros que tenían en sus cambuches.

Para ellos, esos también eran días nuevos. Estaban acostumbrados a vivir en trincheras, a dormir en el piso a pesar de la lluvia, a tener siempre su maleta lista para cuando les tocara huir o enfrentarse al Ejército. Desarrollaron sus sentidos del olfato, la vista y el oído para contrarrestar la tecnología usada por “el enemigo”.

“Shhh silencio. ¿Escuchan? Es un helicóptero”, le dijo ‘Giovanny’ a su prima ‘Karina’ en medio de una calurosa tarde, mientras eran entrevistados. Para aquellos periodistas era un sonido casi imperceptible y cotidiano. Era el aleteo de un helicóptero que parecía acercarse cada vez más. Para ellos era el sonido de una amenaza inminente.

Pero en esta oportunidad era diferente. Esa aeronave era la que traía a la libertad a 24 presos a los que el Gobierno les otorgó un permiso para asistir a la conferencia.

Solo cuando descubrieron que se trataba de un operativo humanitario ‘Giovanny’ y ‘Karina’ recordaron que ya está vigente el cese al fuego bilateral. “En otro momento nos hubiera tocado correr. No ve que en la época de Uribe ellos (el Ejército) nos jugaron sucio y a diario nos lanzaban bombas. No nos enfrentaban sino que nos atacaban por la espalda”, aseguraron.

Entre preguntas que se hacían en un sentido y otro, guerrilleros y periodistas buscaban indagar sobre la realidad desconocida. Para los milicianos, su vida se reducía al monte, muchos de ellos jamás han visitado una cuidad, no logran imaginarse cómo es ese mundo tecnológico que existe afuera. Pero algo sí tienen claro: quieren la paz, quieren dejar las armas para continuar la lucha desde la política, creen que el acuerdo firmado es el resumen de todo por lo que han luchado durante 52 años, no le temen a contar la verdad y quieren, sobre todo, construir un país en paz.

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