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El soborno del cielo

El viernes, cual obligación de cuaresma, vi ‘El soborno del cielo’, reciente largometraje del sevillano Lisandro Duque Naranjo, gran cineasta a quien indirectamente y por embelecos del destino debo parte importante de mi vida actual. Comencé a admirarlo con ‘Visa USA’ y desde entonces no me he perdido pieza suya…

Con semejante pretexto como antesala, reviví el disfrute de visitar cines del centro. Ese que tanto experimentaba de universitario. Hasta por el Esmeralda Pussycat anduve por entonces. Creo que fue allí donde Carlitos Hurtado proclamó su gamincísimo… “¡Damas, papá!” en ‘La gente de La Universal’.

‘El soborno’, ambientada hacia los finales 60 o tempranos 70, remite a una temporalidad que aunque en teoría lejana sigue replicándose en mojigaterías vigentes, incluso con tantas ínfulas actuales de posmodernidades. Vayan no más a la Procuraduría o hablen con los pacatos ‘galatistas’ que se persignan ante el video de Ferro, pero que no se resisten a compartirlo y darle ‘like’ y ‘repeat’ hasta la náusea. Miren a tantos cumpliendo eso de “creced, multiplicaos y hacinad”.

La historia —con ‘Boca de chicle’, del maestro Pablus Gallinazo en la voz de Oscar Golden como fondo— parte de cierta crisis en la que un municipio termina sumido por la clausura de su parroquia durante semana santa, decisión del sacerdote responsable como respuesta a la herejía de unos lugareños honorables que sepultan un suicida en cementerio católico. El pueblo se paraliza.

Aparte de la calidez de sus personajes, originalidad y estupenda ambientación, resalto, como en casi todas las obras del maestro, ese Antiguo Caldas transpirado a cada instante. Ello cubre lo que hoy serían Risaralda, Quindío, algunas regiones vallecaucanas y hasta tolimenses e intermedias. Será por sesgo familiar, pero siento debilidad por dichas historias y regiones.

Grandes actuaciones. En especial de Germán Jaramillo, párroco incompasivo cuya sotana chorrea ‘godarria’. Con él sumamos uno más a la lista de curas entrañables de la filmografía local, entre los que incluiríamos al Pío V Quintero de ‘San Tropel’, al fraile libidinoso de ‘La estrategia del caracol’ y al insensible prelado de ‘El río de las tumbas’, película de Julio Luzardo disponible en YouTube que todo colombiano debería ver.

Curioso ese país previo al concordato, roto con la constitución de 1991, aquella consigna que extralimitaba las funciones del episcopado y oficializaba ese cóctel tóxico entre religión y política. Y no lo digo porque abomine el catolicismo. Entre sus filas se cuentan gentes por quienes profeso respeto venial, y sé de monjas, monjes y demás clérigos cuyas vidas han sido dechados admirables de servicio y sacrificio.

Lo digo yo… que ni bautizado soy, y quien a pese a representar por afinidad cronológica a la generación de hijos de aquellos jóvenes retratados en ‘El soborno’, también vivió la discriminación clerical al negársele entrada a un colegio confesional por venir “de madre separada” y “unión no católica”. Así, sin compromisos informerciales mediando, me marcho con la recomendación de un merecido vistazo al que promete ser uno de los más oportunos largometrajes de esta Colombia en 2016, tan necesitada de pretextos para reír y reflexionar. No vaya a ser perezcamos en el averno u ‘ordoñizados’ por perdérnosla. A mí, cuanto menos, me dejó la esperanza de que alguna vez podamos unirnos alrededor de una causa libertaria y digna. ¡Hasta el otro martes!

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.

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