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Así fue el encuentro entre Ana Isabel y el Alcalde Peñalosa

Cuando se ríe los ojos se le llenan de comillas. Ana Isabel Hernández se ríe ante casi cualquier sentimiento: de felicidad, de vergüenza, cuando no quiere responder una pregunta porque le da miedo ser demasiado sincera. Se volvió famosa la semana pasada, cuando decidió enfrentar al alcalde de Bogotá, Enrique Peñalosa, en plena carrera Séptima.

«Todo lo que le dije ese día fue verdad. pero hay una cosa de la que sí me arrepiento. Uno no le debe desear mal a nadie y yo le dije que ojalá lo atracaran», dice la señora Isabel escondiendo la cabeza entre los hombros.

Tiene 52 años, 17 viviendo en Bogotá, dos hijos hombres que carga orgullosa en las fotos del celular y miles de kilómetros caminados en el centro de Bogotá, primero como vendedora de rosas y ahora como vendedora de tintos, entre el Parque Santander y la carrera Séptima. Nació en Sogamoso, “orgullosamente boyacense”, y no piensa devolverse hasta que sea mayor.

Está nerviosa porque está a punto de reunirse con el alcalde Peñalosa, pero tiene miedo de que él esté bravo con ella, por todo lo que le dijo. “Yo no sabía que me estaban grabando, Jesucristo Bendito, ese día en la Séptima. Fue cuando llegué a trabajar que me dijeron que yo estaba en las redes sociales y que en los noticieros. Yo como no tengo ni televisor, no lo podía creer”.

Cada día se gana hasta 30.000 pesos vendiendo tintos. Eso mismo le cuesta un mes en la pensión en la que vive ir a dormir. Antes vivía en una casa, en arriendo, pero después de que se enfermó y se colgó con los pagos le tocó entregar. Ahí no puede cocinar, ni hacer los tintos que vende. Pero se la rebusca: desayuna en un comedor por 100 pesos y almuerza por 200 pesos.

“Yo ese día estaba brava con el alcalde. Es que los policías que van allá a regarle a uno el tinto lo que dicen es que los mandó el alcalde y ahora me doy cuenta que eso no es así”, confiesa. No se considera malgeniada, se considera sincera y ese día lo que tuvo fue un desborde de sinceridad.

Le gusta cantar y le gusta la historia. No le gusta que le digan doña, porque “no tengo ni dónde caerme muerta”, dice y suelta la carcajada. Le gusta hacer reír a la gente y le gusta mucho trabajar, “me asoleo para allá y para acá”.

“El alcalde y yo queremos lo mismo y es una Bogotá mejor, en eso estamos de acuerdo. Yo les digo a mis clientes que no me perjudiquen, que no tiren al piso los vasitos, que para eso son las canecas. Eso no está ahí de adorno”, confiesa.

Cuando lo conoció se le cortó la voz y le pidió perdón por haberle deseado un atraco. “Lamento mucho todo, que la hayan molestado, si le regaron su tinto”, le dijo el alcalde. “Yo no tengo problema con los que venden jugos, dulces, tintos, todo lo que se consuma ahí. Dígales a sus compañeros eso”, le pidió el alcalde.

Isabel aceptó las disculpas y también un puesto para vender su café, agua, comida y aromática en plena Candelaria. Con humor le pregunta qué hace si no le cumplen con el puesto, a quién le puede reclamar. Y el alcalde le responde que ahí tiene a todos los periodistas, que les cuente y ellos se encargan de hacer el reclamo. Y ella suelta la carcajada.

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