La vida de Alberto Aparicio es similar a la de uno de esos superhéroes que de día visten trajes de oficinistas, pero de noche salen a salvar el mundo. La diferencia es que Alberto no salva el mundo: se salva a él mismo. ¿De qué? De la monotonía, del sedentarismo, del aburrimiento y del estrés que genera la carga laboral. Es buzo certificado desde hace 33 años y sus jornadas hoy se reparten entre el trabajo en una oficina y la exploración del universo submarino.

Cuando estaba terminando sus estudios de Ingeniería Civil en la Universidad del Valle tuvo que abandonar el senderismo de montaña por la presencia de grupos armados que amenazaban su seguridad. Pero entonces, ahí sucedió el milagro: una compañera de clases le habló del buceo y fue un amor a primera vista. O a primer oído. Un año después obtuvo su primera certificación en la Isla Gorgona. Y de ahí en adelante, lleva más de tres décadas buceando y enseñándoles a otros todas las maravillas que hay debajo del mar. Porque Alberto, además, es instructor.

Hubo un momento de su vida en el que su profesión y su pasión se juntaron en un cruce que parecía haber sido diseñado únicamente para una persona como él. Año 1989: para la construcción de la Base Naval de Bahía Málaga, en la orilla del océano Pacífico que cobija a Buenaventura, los contratistas necesitaban un ingeniero civil certificado en buceo que hiciera interventoría submarina. Alberto llegó a ese cargo y fue la primera vez en la que su equipaje profesional incluía careta y tanque de oxígeno.

Buceando ha estado en lugares como San Andrés, Providencia, Isla Gorgona, Isla de Malpelo, Aruba, Bonaire y Cuba. Por eso dentro de su paisaje mental, que no está compuesto por fotografías de National Geographic ni por las monas o caramelos de ningún álbum sino por lo que ha podido observar en vivo, hay animales como ballenas, orcas, mantarrayas, langostas, pulpos y una cantidad de peces de todos los colores, formas y tamaños.

Una vez, seducido por una manada de tiburones martillo que desfilaba al frente suyo en las aguas del mar de las Islas Galápagos, tuvo la osadía de perseguirlos durante un tramo de su recorrido. Sin poder creer que lo que tenía a tan pocos metros eran estos animales, olvidó monitorear el medidor de aire. El susto llegó cuando se dio cuenta de que le quedaba solo la reserva. Los tiburones siguieron su camino y él tuvo que salir cuanto antes a la superficie, con una alegría que aún no es capaz de definir con palabras.

Se quedó sin palabras también el día que se descubrió sumergido a 40 metros en el mar de San Andrés haciendo apnea, buceando sin tanque de oxígeno, a puro pulmón. Y con tantos recorridos, con tantas exploraciones y con tantas aventuras, el ingeniero Alberto ha llegado a dos conclusiones: que este planeta no debería llamarse Tierra sino Agua y que el buceo, sin duda, es su principal fuente de paz.

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