Las campañas simbólicas en redes sociales no sirven para nada

Por Juanita Riveros

No se sabe qué da mas rabia. Que sean campañas que pretendan concientizar sobre una problemática y que al final promocionen, de manera burda, un producto comercial, o que realmente definan estándares de causas sociales a través de lo que dicen. Estándares prejuiciosos, contextualizados solo para trascender en redes sociales y recordación. Pero no en cambios reales, ni mucho menos en reflexiones profundas.

Claro, las campañas buscan vender. La publicidad busca recordación. Otras buscan impactar y reflexionar sobre lo que somos, o sobre los íconos del pasado que ahora representan otros valores. Bob Harris recordó a las mujeres que aún buscan, de muchas formas (a falta de educación y movilidad social), sobrevivir a costa de un matrimonio culturalmente ventajoso. O ídolos, como los de ‘La Tele’, mostraron  que el idealismo sirve como fórmula comercial o como recuerdo de mejores tiempos. Pero aún así, ¿trasciende todo el alboroto, más allá de episodios efímeros en el mundo de la web o de conversaciones dedicadas al mundo de la publicidad y su impacto?

Esto me pasó con una campaña de expectativa  hecha para mujeres, hace poco, que solo vendía un producto para la limpieza íntima. Con un hashtag en particular, muchas mostraban su posición ‘progresista’. Porque comían chocolate, o les gustaban los regalos, se consideraban libertarias, y dispuestas a luchar por la causa feminista o por la concientización de la propia salud .

Una causa y una iniciativa desdibujada en estereotipos, verticalismos e iniciativas que en la vida real no cambian las estadísticas ni de sueldos igualitarios, ni de la violencia de género o mucho menos, de la imagen de las mujeres y su apariencia  ante una sociedad totalmente patriarcal y dispuesta a justificar la violencia contra ellas solo porque salen vestidas de cierto modo a la calle. Ni qué decir del autocuidado, término maniatado y debatible.

¿Por qué todavía no hay una campaña efectiva y real contra la segregación, por ejemplo, que produce el hecho de un vagón exclusivo para nosotras en TransMilenio?¿Qué tanto realmente, incide ponerse una ruana y poner la foto  en Twitter, como pasó en el Paro Agrario, o decir que eres ‘feminista’ porque preparas cupcakes y los pones en Instagram? ¿Qué tan efectivo es ese activismo de escritorio estrato 7 que a la final solo se queda en un buen recuerdo?

Ya no estamos como hace 200 años, cuando en plena época Independentista las mujeres usaban vestidos napoleónicos para oponerse al Virreinato, representante del ‘Ancient Regime’. Por ello te distinguían como parte militante y simbólica de una causa*. Ya no pasa eso con el activismo acomodaticio de hoy, menos si obedece a fines meramente comerciales.

Ahora el efecto se reduce al mutuo elogio y a la exposición cómoda de hashtags que a la final solo se pueden resumir en un buen número de ventas, fotos  y galerías de sociales. ¿Y qué más? así ha pasado con todas las iniciativas que se siguen: No se estudian realmente las causas, lo que dice la ley, o la historia de un fenómeno en particular. Solo se postea, sin saber. Como una lora, sin saber que solo pueden venderle un producto.

Si van a luchar por las mujeres, a creer en el feminismo o en crear conciencia, todo va más allá de salir en topless en desfiles, o de dormir sin una prenda en particular. Menos si es para vender un producto al que solo accederán unas pocas.  Las causas son otras, también los efectos. Más que el afan de postear, debe primar el afán del conocimiento.

*Exposición ‘Moda y Libertad’, Museo Nacional, 2013.

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.

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