Por razones comprensibles, la mención del término ‘público’ tiende a generar cierta especie de desconfianza, cuando no de repudio automático en el colombiano promedio. Pensémoslo: si alguien alude a un ‘baño público’, por ejemplo, difícilmente nos remitiremos con la imaginación a un palacete perfumado de lavandas. Sonará intrascendente y obvio, pero casos similares abundan. Fijémonos en cómo los conceptos de empresas o empleados públicos tampoco suelen evocarnos bienaventuranzas, sino más bien ineptitudes, gestos hostiles y maltratos burocráticos. ¿O qué escena se dibuja en nuestras sufridas conciencias de ciudadanos descreídos ante la simple alusión a algún ‘transporte público’, que no sean autobuses cancerígenos, hacinados y fragantes a humanidad transpirante en pleno?

Las preconcepciones contra lo público y sus derivados, no sin alguna dosis de verdad, comienzan a sernos inculcadas desde muy temprano. Bien recuerdo cómo ante la sola vista de un mal boletín de calificaciones, muchos padres de condiscípulos en años de primaria amenazaban a sus vástagos con matricularlos, cómo no, en una ‘escuela pública’, el peor castigo posible con el que su elitismo fantaseaba. Lo público, está claro, se nos antoja manoseado, devaluado, viciado, barato o, cuanto menos, ‘poco exclusivo’. Nos fastidia. Nos induce a malpensar. Lo presuponemos manchado, abusivo, ineficiente, populachero, inmoral e infecto. Incluso, bien conocida es aquella estirpe de mercachifles muy en boga por estos días, devaluadores profesionales de lo público, sospechosamente afanados en declararlo inviable para luego feriarlo ante la primera oferta. La epidemia es universal, pero en Colombia alcanza características peculiares, tal vez porque en efecto han sido demasiados los que por estos confines cultivan el hábito de sumergir sus sucias extremidades en las aguas del bien público para apropiárselo y derrocharlo en las narices, qué ironía, del desentendido ‘público’, que en la mayoría de las ocasiones solo calla, observa e incluso aplaude.

Tal desinterés delata una suerte de inconsciencia y de desdén por uno de los más amenazados e importantes haberes del mundo presente dignos de toda atención. Nuestro país está plagado de historias de abusos extractivistas, de ineficacias, de explotaciones torpes del entorno con pretensiones de urbanismo, de privatizaciones absurdas, pero sobre todo de indiferencias. De robos al público perpetrados en presencia de un ‘respetable’ que no exige. De la burocracia ejercida con toda la infamia e impunidad del caso. Desconocer lo público y negarse a reclamar su correcto uso es dejar calles, reservas, humedales y parques al arbitrio de quienes ven en estos minas a explotar. Defenderlo, en contraste, sería lo razonable.

En lo personal, y aunque suene a idealismo básico para ingenuos, yo soñaría con habitar un suelo donde el término ‘público’ representara dignidad y conciencia… algo de lo que deberíamos ser a la vez beneficiarios y custodios. Un entorno donde la susodicha palabra nos despertara emociones y compromisos y no náuseas. Apego por el parque, el río, la reserva, la avenida y hasta por la poco agraciada señal de tránsito que nos evita ser atropellados. Enfado por el inservible bolardo y el pésimo metro financiados con aquel intangible tan sagrado al que denominan erario. Preocupación por el destino del que los impuestos que todos, sí, todos, de alguna forma tributamos con cada factura. Indignación por esa inútil troncal. Cosas que uno, en su infinita inocencia anhela, sin siquiera plantearse que quizá ni haya ‘público’ para semejante causa. Hasta el otro martes.

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