Uno de los mayores símbolos del envejecimiento es darse cuenta de que los hombres que uno vio una tarde de domingo dándose guerra en una cancha de fútbol son entrenadores de corbata, camisa de manga corta y arzobispal barriga. Ni Cicatricure es capaz de borrar esas señas de senectud porque no están en la piel, sino en la mente.

Pero puede ser más tétrico el panorama si un día nos levantamos como los señores mayores que hubo alguna vez en nuestras casas, sin importar que sean padres o abuelos, porque todos ellos hacían eso por lo mismo que nosotros, los jóvenes de ayer estamos viviendo ahora con  esa extraña manía de levantarse de la cama y revisar el periódico para leer detenidamente la sección de avisos funerarios.

Y cuando las dos experiencias se mezclan –ver que un jugador de fútbol que aplaudimos o sufrimos se fue de este mundo–, el frío que recorre la espalda es inmanejable porque, aunque mayor que nosotros, lo hicimos parte de nuestra propia vida para bien o para mal. Suena idiota decirlo, pero esa lejana cercanía crea vínculos imaginarios con gente que nunca sentiría escalofrío si es que el muerto es uno, y no es su culpa, lógico: cuando entraban a la cancha debían mirar a los cuatro costados y sentirse observados por 50.000 pares de ojos. Uno, que era uno de esos pares, tenía la fortuna de diseccionar la vida de los 22 que estaban allá abajo en el césped.

Me acordé entonces del argentino Carlos Munutti: un genio en eso de comerse los minutos de un partido difícil y rey de la provocación dentro y fuera del campo. También era muy buen arquero en esos tiempos en los que revisar las nóminas implicaba encontrarse con porteros extranjeros de gran nivel: Pogany, Goyén, Falcioni, Vivalda, Landaburu, Quintabani, Clavijo… Él hacía parte de ese combo y le encantaba el show: ante el remate más inocente o la ejecución más furibunda, hacía la misma siempre: Munutti volaba como si fuera la última atajada de su vida con su buzo rojo y esos guantes de los años ochenta con protector de nudillos color naranja. Al mismo tiempo que salvaba su equipo, se ganaba los aplausos de los fotógrafos detrás de su arco porque gracias a su estilo, ellos ya tenían la foto de portada. Nunca salió en los negativos –imagínense lo antiguo que estoy que ya añoro los negativos fotográficos– ordenando una barrera o posando quieto con los brazos cruzados. Nunca: su manera de vivir era flotar por los aires, ya fuera en un encuentro ayudando a que terminara en ceros o tras sufrir alguna goleada estrepitosa.

Me enteré de que el ‘Loco’ Munutti había muerto por un problema pulmonar a los 66 años. Y el escalofrío me visitó de nuevo.

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