El equipo de fútbol jamás será una moneda de cambio. Se nace de un color -o se aprende a querer ese color sin que hubiera uno previo- y el día que las paladas de tierra hagan resonar la madera del ataúd, los asistentes al entierro sabrán que se fue un tipo que profesaba amor irredento por un club, un verdadero militante de una causa, un hombre capaz de sentir un amor tan fuerte que solamente sería comparable en términos de intensidad al amor que les dio a los hijos o a la madre.

Hay gente que sigue dando amor a pesar de que la relación de fútbol y devolución de cariño no sea directamente proporcional sino todo lo contrario, aunque usted sea hincha del Barcelona o Real Madrid porque hay padecimiento siempre: por un gol fallado, un penal desperdiciado, un error improbable del arquero imbatible, una fractura de tibia y peroné del 10, un mal día de todo el equipo, una quiebra, una sanción ejemplar, un refuerzo no deseado. Es como si todo estuviera plagado de sufrimiento y los pequeños escapes solamente se dieran en algún gol y claro, en la vuelta olímpica que es el súmmum.

Pero hay fanáticos a los que les tocó padecer mucho más que al del Barcelona o Real Madrid. Son tipos que el día que los entierren podrían hacerles un monumento, un busto al lado del nicho para que la gente fuera -como pasa con la tumba de Leo Kopp- a pedirle milagros al oído. En una de estas se cumplen porque la vocación de dolor de aquellos que jamás pudieron vivir la felicidad de ganar termina siendo casi que un acto de nobleza con la vida. Porque la vida -que a veces se planta miserable con nosotros- y el equipo que se perfiló como el que nunca gana gran cosa -que casi siempre se planta miserable con nosotros- se terminan pareciendo muchísimo: solo quedan en el recuerdo una decena de pequeñas sonrisas frente a miles de días escabrosos para encarar a lo largo de la existencia.

Es duro ponerse en los pies del que no gana porque de hecho hasta los grandes también supieron vivir ese tránsito: se los dice un hincha de Millonarios graduado en miserias vividas a lo largo de 24 años. ¿Pero qué le queda al hincha de un club que no pudo ser campeón nunca y que, por cuenta de las dinámicas económicas del fútbol, se hace más difícil que ocurra a medida que pasan los años?

Póngase por un segundo en los zapatos de un hincha de Cremonese, de Logroñés, de Deportivo Pereira. Sólo un segundo. Serán ellos, esos hinchas, los militantes más dignos de un deporte cada vez más demencial y desigual porque su verdadera pasión seguirá intacta más allá de que la vida los quiso acostumbrar a recibir muchos golpes y mínimas caricias.

P.D: esta columna está dedicada a Alex Pinilla, hincha furibundo del Quindío (equipo campeón en el 56 y desde esos tiempos nada de nada, de ahí la rareza y la belleza de que haya fanáticos como él que siguen sufriendo las cuitas de un tradicional venido a menos), que me envió en vacaciones una foto del que seguramente fue el mejor Quindío que yo viera alguna vez en la vida: el de 1988.  Y aunque era un equipazo increíble, no le hubiera alcanzado para ser campeón ese año ni en las curvas. Millonarios, Nacional, Santa Fe, Junior, América tenían mucha más nómina. Fueron séptimos en aquella ocasión.

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