A mí también me dijeron loca: el estigma de la enfermedad mental

Como miles de personas con alguna enfermedad mental, he sido discriminada, estigmatizada e insultada por un padecimiento que ya es un problema de salud pública.

Por Luz Lancheros

Loca suicida. Cállese, loca. Ya entiendo por qué eres así, porque no estás bien de la cabeza.  Mucha gente que, a lo largo de mi vida, ha sabido que estuve interna de depresión (la tengo desde los 12 años), ha tratado de usar mi enfermedad como un insulto, para hacerme menos, para hacerme sentir peor conmigo misma de lo que yo misma me he sentido durante muchos años. Loca me ha dicho mi familia, que durante años estuvo más enfocada en pensar qué hacía conmigo y en ver mi enfermedad como una cuestión de voluntad y una carga (“no necesita terapia, solo tenga pensamientos positivos y deje de hacernos sufrir a nosotros y a su mamá”).

Loca, me han dicho algunos médicos abusivos, diciéndome de paso que no conseguiré trabajo por haber querido terminar con mi vida, loca me han dicho muchos con reproche por querer terminar con una vida que en muchos puntos se me ha tornado oscura e insatisfactoria. Loca, me han dicho algunas personas llenas de rencor, pero sobre todo de ignorancia, que creen que un padecimiento que, según la OMS, sufren 300 millones de personas, te hace un paria y un justificante para deslegitimar tus opiniones y modo de vida ante el mundo.

Los “locos” son los que van a terapia, los “locos” son los que no pudieron lidiar por sí mismos con sus problemas y sus demonios, por eso hay que castigarlos. A los “locos” ya no se les puede matar literalmente, pero sí se les puede matar en vida, de manera simbólica.

Porque para ellos, como para miles de personas inscritas en esa cultura milenaria, excluyente y violenta de que la enfermedad mental es sinónimo de salirse fuera de sí, de no razonar y sobre todo, de ser una persona débil y prescindible, tal y como los griegos y los nazis pensaban que éramos ( y por eso nos mataron o esterilizaron), tener una enfermedad mental o querer terminar con la vida es algo que se debe callar, superar, e incluso penar judicialmente.

Los “locos” son los que van a terapia, los “locos” son los que no pudieron lidiar por sí mismos con sus problemas y sus demonios, por eso hay que castigarlos. A los “locos” ya no se les puede matar literalmente, pero sí se les puede matar en vida, de manera simbólica. Por eso es necesario excluirlos, estigmatizarlos y sobre todo, hacerles saber que tener una condición depresiva es su problema y un capricho que no podemos tolerar. Por eso, en un mundo en el que se suicidan 800 mil personas cada año, según el último reporte de la OMS y en un país donde se han registrado de manera muy poco cuidadosa y muy pública muchos de ellos (hubo más de 590 suicidios en el primer trimestre de 2019, según Medicina Legal), siguen existiendo lamentos de molde, promesas vacías y condena, eso sí, hacia la persona que tomó la decisión última de suicidarse por no encontrar “solución” para sus problemas, cuando lo que necesitaba era tratamiento accesible y a tiempo.

Y eso en Colombia es inexistente.

Yo he estado ahí, como miles de pacientes en este país, en esas parodias de consultas que programan las EPS cada tres meses o más (cuando estas deben ser continuas y prolongadas), donde hay que escribir en un papel “lo que te molesta” para dentro de tres meses “presentar algún progreso” (¿cuál?). No me ha ido mejor con otras cosas. En mi tercer intento de suicidio a los 20 años me internaron, pero como un castigo. Suponían que al estilo de Winona Ryder en “Inocencia Interrumpida”, tan solo al ver a ese “resto de locos” me horrorizaría de lo que traté de hacer y pediría perdón de rodillas para nunca más elegir deprimirme, porque enfermarte es algo que en esta cultura “tu escoges”. Pero al menos el personaje de Winona sí pudo acceder a una terapia seria y continua con una profesional inteligente y capacitada: yo solamente tuve una parodia de “consulta” que no fue privada y en donde me hicieron unas preguntas básicas y subestimaron mis problemas, para soltarme a los cinco días sin haber siquiera hablado con alguien más que para juzgarme o medicarme.

Claro, también tuve consultas pagadas con un profesional, cuando era mucho más joven, que les costaron a mis padres un ojo de la cara. En algunos aspectos sirvieron. Pero esto no es como el té mágico que te prometen para bajar de peso: la depresión es una lucha larga, continua, traicionera, atroz, a pesar de contar con recursos para tratarse.

Y ni hablar de la “voluntad” o de lo que “hay que agradecer”, términos de infuencers irresponsables que creen y difunden pseudociencia. Son agravantes para el paciente que en la sociedad muy populares, negocios millonarios, maniqueos y tiránicos que al paciente lo hacen sentir peor por no “querer ser feliz” cuando realmente no puede. Y eso también se traduce a la práctica médica, donde también hay una gran confusión contextual y cultural.

La violenta asociación entre enfermedad y locura

Si bien la psiquiatría y psicología existen como ciencias médicas desde hace más de un siglo, se sigue asociando el concepto tan variable y conveniente para los sujetos de poder de cada sociedad y en cada época, con la locura, que en términos básicos significa la “pérdida de la razón”. Pero la “razón” adaptada según los intereses de ciertas sociedades y personas (¿se acuerdan de la pobre reina Juana La Loca, a quien su horrible marido y padre apartaron del poder diciendo que precisamente estaba así?).

La “locura” como sinónimo del ser indeseable al que hay que recluir y apartar, siguiendo el concepto de Foucault. Y si bien la definición de la OMS e institutos tan respetables como la Asociación Estadounidense de Psiquiatría muestran que muchas de las enfermedades también tienen orígenes químicos y contextuales, en la práctica médica, sobre todo en Latinoamérica, al que tiene enfermedades mentales se le recluye y se le aparta. 

“Creo que desde el punto de vista de la salud mental es importante generar experiencias exitosas e integración en la comunidad. Debemos superar el modelo manicomial, de reclusión, e implantar un modelo comunitario, porque ahí las personas se darán cuenta de que las personas con enfermedades mentales no son peligrosas, ni violentas, porque esta asociación es peligrosa y equivocada. Hay casos de personas violentas, es cierto, muchas veces ellas son víctimas de violencia”, explica a PUBLIMETRO Andrea Bruni, asesor regional en salud mental y uso de sustancias de la Organización Panamericana de la Salud (OPS).

Ni hablar de la “voluntad” o de lo que “hay que agradecer”, términos de infuencers irresponsables que creen y difunden pseudociencia. Son agravantes para el paciente que en la sociedad muy populares, negocios millonarios, maniqueos y tiránicos que al paciente lo hacen sentir peor por no “querer ser feliz” cuando realmente no puede. 

Bruni también es enfático en la pobre inversión que se hace en salud mental en Sudamérica y en lo que implica, por ejemplo, recluir a un paciente y que, como a mí, resultaron internando para nada: “ De la inversión general para salud, solo se invierte un 2.1 en salud mental y generalmente se hace mal. La mayoría se dirige a establecimientos psiquiátricos, hospitales y manicomios y eso no reduce la brecha de tratamiento, porque no impacta reduciendo a la misma, no tiene sentido en el aprovechamiento de recursos ni mucho menos tiene sentido desde un punto de vista de derechos humanos, porque muchos de estos lugares están asociados con violaciones de los derechos de las personas residentes. Y como establecen los principios de la Convención de las Naciones Unidas de los derechos con personas de discapacidad, estas son sujetos de derecho y no pueden ser discriminadas por ello”, afirma el experto, que también reconoce que debido a esta discriminación, muchos pacientes se autoestigmatizan y no acceden a tratamiento. Y esta es una de las causas que también ha reconocido la OMS como agravante de la enfermedad mental e incluso el suicidio.

Cambiando la conversación

Yo sigo en tratamiento, pero en los últimos años, en redes sociales, he visto una apertura mayor hacia los temas de salud mental. Iniciativas que están tratando de desmitificar las enfermedades mentales y mostrar que son comunes, y que son condiciones médicas.

Por ejemplo la iniciativa de la periodista Lorena Beltrán, en Twitter, #NoEsDeLocos, fue brillante a la hora de hacer hablar de la gente sobre sus problemas. Hay asociaciones que pueden brindar, desde servicios médicos o independientes, consultas y asesorías rápidas. Incluso hay apps. Pero lo más importante, sobre todo, es comenzar a hablar de un tema que sigue siendo un tabú, un capricho para muchos.

Y eso, desde los famosos para abajo, es una forma de tratar de cambiar ese implacable fascismo del “siéntete bien por tu propia voluntad” que las cifras muestran que no sirve para nada. Si a alguien le funcionan, está bien, pero no es una generalidad, así como mi caso tampoco lo es. No todas nuestras historias son iguales, pero en algún momento, muchos de nosotros tuvimos que enfrentar ese rechazo tan generalizado, milenario y violento que genera una enfermedad de la que hasta ahora se comienza a hablar de forma abierta y seria en algunos lugares.

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