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Estilo de Vida
Estilo de Vida 28/06/2019

Por el legítimo derecho a incomodar

Un matrimonio entre dos mujeres en Colombia tiene que luchar contra todo: desde el prejuicio popular a la falta de infraestructura en un sitio de bodas. Isabella Soto nos contó su experiencia en primera persona

Había una vez un par de lesbianas que se enamoraron, se fueron a vivir juntas y pasaban los días muy felices en compañía de su familia, su perro y amigos… Un cuento de hadas. Después de un tiempo tomaron la decisión de casarse… ¡Eso sí fue todo un cuento!

¿Por qué se quieren casar si ya están viviendo juntas? La pregunta no discrimina y, como hago parte del cuento, y para los que se lo pregunten mientras leen,  va la razón:

Nos casamos por el legítimo derecho a incomodar.  Incomodar a la señora del almacén de novias que se sonrojó al contarnos que supuso que éramos mejores amigas que se casaban en una boda doble.  Para ella fue más fácil imaginarse todo ese lío que entender que somos novias… ¡Entre nosotras! Estoy segura de que después de ese momento incómodo, cuando lleguen un par de lesbianas a su tienda, comprenderá de inmediato que se trata de un matrimonio igualitario.

Incomodar también a los dueños de lugares para celebrar bodas que nos mostraban una y otra vez la hermosa capilla en la que se casan  “los novios” y hacían hincapié en la cómoda habitación en la que “la novia” podría arreglarse.  Yo también tuve que entender que las locaciones no están preparadas para atender dos novias al mismo tiempo. Después de todo, no hay tantas mejores amigas para una boda doble.

Incomodar a aquellos que desconocían que hace tres años Colombia aprobó el matrimonio igualitario y preguntaron si era legal hacerlo.

Incomodar será siempre  un placer, porque así las parejas Lgbt que vengan después incomodarán menos. Incomodar con la intención de hacernos visibles hasta el punto de pasar desapercibidos.

Nos casamos por el legítimo derecho de incomodarnos a nosotras mismas. Como cuando respondemos preguntas como: “¿quién se pondrá vestido?”, “¿si es una boda gay, las mujeres irán en saco y corbata y los hombres en vestido?”.

Incomodarnos para entender que aún queda mucho camino. Como cuando esa maquilladora famosa me dejó a media conversación en cuanto dije la palabra lesbiana.

Como los días en los que siento miedo de decirle a un proveedor que es un matrimonio igualitario porque no sé si me ofenderá, colgará el teléfono o me tratará como si fuera la última lámina que le falta para llenar el álbum de “experiencias matrimoniales” con frases como: “siempre he querido casar una pareja de lesbianas”.

Qué frustrante aclarar que es una boda igualitaria porque posiblemente no todas las personas estén de acuerdo. Y más porque con lo que no están de acuerdo hace parte de mí vida y no la de ellos. Sobre todo, nos casamos por el legítimo derecho de amar.

Para mí no fue fácil entender que merezco recibir y entregar amor; que desde ese sentimiento solo es posible construir, crecer y mejorar sin sentir vergüenza o tener que esconderme. Es que desafiar los procesos heteronormativos y romper los estereotipos no es fácil. La cultura, las conversaciones, los estigmas siempre están presentes, y lo más fácil es pretender ser otra. Es un juego tóxico, deshonesto y deprimente.

El miedo a nunca ser aceptada, el miedo al dolor, el pánico de no encajar en ningún lugar es un verdadero tormento. Pero es un tormento bastante estúpido y verlo de esa manera fue imposible hasta que encontré el antídoto del miedo: el amor. El amor por mí misma, por saberme digna, por aceptarme valiosa y comprenderme; el amor que me generó el deseo de ser feliz y sentir que no falto a la verdad, a mi verdad.El amor por Lina, una mujer que solo es bondad, que me hace inmensamente feliz y  que merece todo de mí. Por el orgullo que siento de tener una familia hermosa. Por las ganas de compartir con otros mi experiencia y decirles que nada malo viene del amor, que cuando entendemos quiénes somos comprendemos que no importa lo que los demás piensen, y que necesitamos que nos vean, nos entiendan y nos acepten como sujetos de derechos, nada más y nada menos.

Porque para nosotras, nuestro matrimonio también es un acto político, una plataforma para hablar de diversidad, para demostrar que en nuestra boda solo habrá eso, una boda. Para visibilizar una pareja como todas, que hace una celebración como todas.

Para hacerles saber a quienes marcharon años atrás, que gracias a su lucha puedo decir que soy lesbiana y que la ley debe aceptar a la mía como una familia legítima. Que por ellas y ellos nuestro cuento de hadas tiene final feliz.