"Narrar una historia a caballo entre dos siglos era una tentación muy fuerte": Salvador Aguilera

El escritor de 'El vuelo de la piedra' explora los motivos detrás de las guerras en esta, su primera novela

Por Laura López

En su primera novela, este exvoluntario que vivió la guerra en Bosnia de 1995 y trabajó con la ONU por más de una década habla sobre la guerra y los motivos de la misma. Estos, según explora en su narración, son recurrentes. El vuelo de la piedra cuenta la historia de un fotógrafo que se aventura en un viaje buscando el sentido de su carrera, y se encuentra con las dos caras de la guerra: la de aquel que tiene motivos para luchar, y la de aquel que busca sobrevivir en medio del conflicto.

Cuéntenos de las motivaciones detrás de este relato, ¿cuáles de sus trabajos anteriores sembraron esta semilla?

Nace sobre todo de una reflexión, que las experiencias laborales y personales me ayudaron a desarrollar para darle un contexto. La reflexión me la venía haciendo desde hacía años. La podría resumir en dos preguntas: ¿Qué quedó del compromiso político de una generación, la de mis padres, que durante la segunda mitad del siglo XX sacrificó muchas cosas -hijos, estudios, carreras, e incluso la vida- por una ideología? ¿Y qué queda, 30 años después de la caída del Muro de Berlín, de esa ilusión que nos llevó a pensar que la historia había terminado y que la democracia liberal tendría un recorrido imparable? A partir de ahí, aprovechando el haber vivido o trabajado en los escenarios que recorre la novela, quise ligar uno de los últimos conflictos de la Guerra fría, el de El Salvador, con uno de los primeros post-caída de Berlín, el de la antigua Yugoslavia. Y lo hice movido también por una coincidencia histórica: la última ofensiva de la guerra civil salvadoreña se lanzó dos días, solo dos días después, de que se cayera el Muro de Berlín en noviembre de 1989. El viaje que hace el protagonista tiene dos planos: uno externo y otro interno. El primero le lleva a ir viendo las consecuencias de la caída del mundo bipolar en El Salvador, en Alemania y en el este de Europa. El viaje interno -para mí el verdaderamente importante- le lleva a reflexionar sobre los cambios que trae el fin de la guerra fría, en cuanto al uso de la violencia, la razón de las armas o la justificación de la guerra.

¿Cómo trabajó la ficción desde esta narración?

La ficción no fue otra cosa que unir puntos entre hechos reales. La novela se se basa en eventos históricos: la masacre del Mozote, la ofensiva final de la guerra civil salvadoreña en 1989, la negociación entre el FMLN y el Gobierno salvadoreño, las elecciones en Nicaragua, los cambios en Albania y en la antigua Yugoslavia, incluso el artículo de la revista alemana, Der Spigel, que se cita en le libro, existió, tal cual, con fecha y número. También existen las fotografías a las que se hace referencia, excepto, por supuesto, las que hace el protagonista. Por otra parte, la mayor parte de los personajes son basados en personas que efectivamente conocí, de manera que la ficción se superpone a personalidades, gestos, miradas, características físicas de personas que en verdad existieron. En ese sentido para mí el escribir fue, en muchos casos, un reencuentro. La ficción, entonces, la monté sobre lo real. Y, sin intentar nunca quitarle la carga de ficción -es una novela, al fin y al cabo-, sí que intenté darle a esa ficción una lógica, una racionalidad, que pudiera hacer pensar que habría podido ser factible haber sucedido.

La búsqueda de sentido en la vida es algo con lo que todos nos podemos identificar, ¿por qué contar esta historia en particular?

Alguien dijo, y me adhiero a la idea, que el 9 de noviembre de 1989, el día de la caída del Muro de Berlín, fue el día en que terminó el siglo XX y empezó el XXI. Y para mí, que tengo la edad que tengo, era una tentación muy fuerte narrar una historia a caballo entre dos siglos. También me interesaba el cruce de mundos distintos. ¿Qué podía llevar a un estudiante de fotografía latinoamericano al inicio de la guerra en la antigua Yugoslavia, o a ver los cambios que se producen en Albania con el fin de la dictadura de Enver Hoxha? ¿A quién podría conocer en el camino, con quién habría de cruzarse, con quién forjaría amistad, lealtad? ¿Podría enamorarse de mujeres radicalmente diferentes a él? Esas eran las preguntas que me fueron surgiendo. Por último, quería que la respuesta a esas preguntas llevase a abrir otros interrogantes, a mostrar esa gama de matices, las diez escalas de gris de las que habla la novela, que hacen imposible pretender encasillar todo en el blanco o en el negro absoluto.

¿Cómo nutrió este relato con los viajes que usted mismo pudo hacer?

Mi experiencia fue una herramienta muy útil para escribir la novela. En ese sentido sentarme al teclado fue un ejercicio retrospectivo: devolverme unos años atrás en los escenarios que había conocido. En el caso de la guerra de la ex Yugoslavia, por ejemplo, el protagonista llega cuatro años antes de que lo hiciera yo. Conocía el lugar, pero me era necesario indagar, percibir, reflexionar a través del protagonista sobre lo que había sucedido antes de mi llegada. Además, como dije antes, me permitió volver a compartir con personas que tuve el inmenso placer de conocer. Por supuesto cambié el nombre de todas ellas, salvo el del perro, Fido, que efectivamente era un pastor alemán que acompañaba a su dueño, capitán de barco, en todos sus recorridos.

¿Qué nos enseña la guerra sobre la naturaleza humana más allá del país donde ocurra?

Para responder a la pregunta recurriré, sin intención alguna de hacer spoiler, a una frase del final de la novela: “De la guerra, cualquiera que fuera su motivo, cualquiera su razón, me sabía de todo menos a salvo. Idea, patria, dios o bandera: tocar madera y salir huyendo¨. Lo que intenta explicar el protagonista es que, más allá de los motivos que sirvan de base a una guerra, es posible que la guerra misma se convierta al final en el único motivo, en su única (auto) justificación. En el caso de la antigua Yugoslavia, recuerdo haber preguntado a un joven musulmán cómo había empezado todo. Su respuesta me descolocó. Me dijo algo así como: ¨con una bandera en el salón de clases¨. Un día habían sustituido la bandera yugoslava, que identificaba a todos en clase, con una croata, que le dejaba a él fuera. Le marcaba. Una bandera, que no se había usado en casi 50 años, aparecía de pronto y le separaba de sus compañeros de equipo de fútbol, de sus camaradas de juegos, de sus compinches de bromas de adolescentes…En fin: de sus amigos de siempre. Una bandera que volvía de la historia pesaba más que una vida compartida. De repente, el ´nosotros todos ´ era sustituido por el ´nosotros y ellos´. A partir de ahí bastó el primer muerto para que la bandera dejara de ser la única razón y se pasase a matar por venganza, iniciando una cadena que costó doscientos mil muertos, millones desplazados, violaciones masivas… Simplificando mucho se podría decir que, para él, el horror se desencadenó a partir de una bandera llena de polvo. Creo que, al igual que se puede decir que se sabe cómo empieza una guerra, pero nunca cómo termina, se puede decir que se puede llegar a saber cuándo y porqué las personas empiezan a matar, pero nunca cuándo dejarán de hacerlo y cómo terminarán justificándolo.

Al afirmar que “se renuevan los motivos para amar, matar o morir”, ¿hablamos de una temporalidad cíclica?

Más que cíclica diría que recurrente. Es decir, no es que vaya y vuelva, es que siempre está ahí. Para el protagonista era más fácil entender las guerras del final del siglo XX. Guerras por una ideología, o contra un régimen que permitía que su ejército asesinara mujeres y niños. La de la antigua Yugoslavia, en cambio, le cuesta más llegar a comprenderla ¿Cómo justificar que se recurra al asesinato y a la violación en masa para cambiar la composición étnica de un lugar? Sin embargo, volviendo a la respuesta anterior, al final entiende que todas las guerras, independientemente de su causa original, llevan a las personas a ir más allá de barreras que nunca hubieran imaginado. Y que, de cualquier guerra, cualquiera, no queda nada más que dolor. Dolor y olvido.

¿Qué otros relatos podremos esperar después de El vuelo de la piedra

Tengo ya terminada la primera versión de la segunda novela. Trata de la amistad entre dos jóvenes, uno guajiro y otro gallego, en el mundo de narcotráfico de finales de los 80s e inicios de los 90s. La amistad, la lealtad y los afectos llevan a que los protagonistas sean claves para enlazar y resolver dos casos, uno de lucha contra el narcotráfico y otro de trata de personas, que suceden con veinte años de diferencia. Paralelamente estoy comenzando la documentación para una tercera, en la que quisiera ligar, de nuevo, escenarios de América Latina y Europa en medio de hechos históricos claves. Por ahora disfruto solo de pensar en meterme del todo en la historia pronto.

 

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