"Con Fanny Mikey el trabajo no era trabajo... era vida": Mónica Suárez

Recordamos a la reina del teatro en Colombia con anécdotas de sus grandes amigos. Mónica fue su amiga y jefe de prensa durante 12 años.

Por Lizeth Cadena

Hay una cosa curiosa, y es que cuando yo era pequeña mi papá nos llevaba a cine, y pues veíamos películas como E.T., pero un día nos llevó a ver una que se llamaba Tacones, hecha en Cali y protagonizada por Margarita Rosa de Francisco. En esa película salía Fanny. Y mira que yo de esa película me acuerdo muy poco, pero recuerdo a la perfección el momento en que salía Fanny con un vestido enterizo como de malla. Yo tenía como ocho años y en ese instante esa mujer me impactó: verla bailando muerta de la risa y con ese pelo, aunque ese tiempo no lo tenía rojo.

Yo me casé, me vine a Bogotá y estaba trabajando en cultura cuando llegó el Festival Iberoamericano de Teatro 1996 y Diego León Giraldo me hizo la propuesta de trabajar con ellos en la oficina de prensa y yo le dije: “Hágale”. Por mi trabajo con el Festival luego me contrataron para trabajar de planta en el Teatro Nacional.

Aunque con Fanny ya nos habíamos visto durante mi trabajo en el Festival, lo cierto es que yo era una más al comienzo. Yo tenía 24 años y Fanny ya era toda una señora, pero en realidad era su imagen la que la hacía ver imponente, porque la verdad es que cuando la conocías te dabas cuenta que era muy cálida y graciosa.

Con ella se trabajaba mucho, pero nunca lo sentías, porque era delicioso y tenía un poder de hacernos creer que si se la metíamos, estábamos logrando cambiar al mundo. Yo creo que todo era cuestión de fe: ella en Colombia y nosotros en ella. Tanto así que si nos hubiera dicho que nos tiráramos desde un precipicio porque era para un buen fin, de seguro nosotros lo hubiéramos hecho.

Cuando estábamos con ella hacíamos magia porque alcanzábamos unos logros que de principio se veían muy complicados, y a veces ella me decía que tampoco sabía cómo lo había logrado. Éramos como una familia y éramos tan felices.

Me acuerdo que era muy difícil en esa época que llegaran ciertas películas. Había una cinta que se llamaba Underground de Kusturica. Estábamos en montaje de una obra, que ya no acuerdo cuál era y de repente se levantó y nos dijo: “Para que sepan chicos el jueves vamos a dejar de trabajar a las doce porque vamos ir a ver Underground”. Y era que había un cineclub a unas cuadras de la oficina y quién sabe cómo fue, pero ella se dio cuenta que la película estaba allá y le dijo al dueño que nos pusiera la cinta, que todos íbamos a ir almorzar.

Ese día fue increíble porque además de nosotros, Jorge Alí Triana estaba montando una obra y él y los actores llegaron, entonces el teatro enteró paró de trabajar y todo porque a Fanny se le dio porque viéramos Underground.

Ella decía que se trabajaba todo el día, pero que por la noche había que botar toda esa energía porque no era bueno irse a acostar así, entonces era por eso que siempre terminábamos rumbeando en Salsa Camará. Ahora que lo pienso no sé cómo hacíamos para aguantar todo ese trote, pero la verdad es que lo hacíamos “cagados de la risa”.

Hablando de trabajando, hay una anécdota muy graciosa respecto al primer computador. Fanny peleó y peleó para que no le instalaran un computador en la oficina, porque en ese momento sentía que esa máquina no era necesaria. Decía que todo lo tenía anotado en sus agendas y la verdad es que era muy buena con los números.

Entonces, en una ocasión, un par de personas estaban hablando de que no habían podido hacer un contacto porque se había caído el sistema, Fanny no entendió eso y dijo: “Vio, ya lo rompieron, para eso se pusieron a comprar algo tan caro”.

Pero, a pesar de lo que cuento, era de un espíritu muy jovial, abierta a trabajar con gente joven y a aprender cosas nuevas. Sin embargo, no le dejaban de pasar esas cosas graciosas como las anécdotas del computador.

Ella me dejó muchos aprendizajes, desde el usar tacones, hasta la necesidad del que trabajo tenga que disfrutarse, respetar a las personas sin jerarquizar, trabajar duro pero desconectarse por los menos una vez al día y que en la vida a veces no hay que hacer tantas cuentas y dejarse llevar por la ilusión.

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