El abuelo

“En varios estadios hay homenajes a hinchas míticos. En el del Valencia hay una estatua de Vicente Navarro. Don Prudencio Reyes acompaña eternamente, en el estadio de Nacional de Uruguay, a su equipo. Y Nachito siempre estará alentando al América de México en el Azteca. Creo que no es descabellado dejar por siempre el legado del Abuelo en la tribuna sur del Atanasio Girardot”: Pote Ríos

Foto de referencia. Twitter @AlcaldiadeMed

El mundo del fútbol cada vez necesita más de tipos así. Pero la muerte, fría y desentendida, nos los va quitando. Esta pandemia se llevó a don Guillermo Morales, el Abuelo, un hincha de esos de antaño, necesarios y contribuyentes en la faceta de la pasión entendida dentro del marco de la historia y las vivencias, sin perder jamás la autenticidad.

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Durante su vida, el popular Abuelo, quien con su carisma, don, anécdotas y buena energía se ganó un espacio en la cultura popular de la hinchada de Atlético Nacional, fue profesor de varias escuelas públicas de Medellín. El fútbol le fluyó desde su casa, vivía en La Floresta, un barrio del occidente de la capital paisa que siempre ha tenido una gran tradición futbolera. Su cancha, cuando la arenilla de su piso forjaba a los mejores futbolistas, vio a Pacho Maturana y Alexis García, entre otros.

El Abuelo se llenó de fútbol y sus colores fueron con pasión, mezcla de locura, sensatez, amor y mucho conocimiento, el verde y blanco de Atlético Nacional. Y acá su historia toma tintes increíbles. Nació en 1954, año en que el club verde logró su primera estrella. Uno de sus hijos, el mayor, nació en 1981, cuando se logró la cuarta; otro de sus hijos llegó a este mundo en 1989, cuando llegó la primera Copa Libertadores de Nacional, otro llegó al planeta en 1999 al filo del séptimo título local, y, para rematar esta bella coordinación de aumento de descendencias a la par del aumento de títulos del equipo, dos de sus nietas, mellizas ellas, nacieron en 2007, justo cuando el equipo logró un bicampeonato.

“Ir al estadio, asistir a la tribuna, es ir a la gloria; es ir a vivir la fiesta, es ir a ver al campeón”, afirmaba el Abuelo en un documental que se realizó sobre cómo vivió la final de la Libertadores de 2016, al superar un fuerte accidente en moto e ir en silla de ruedas al estadio.

Porque la tribuna de este personaje era la sur y lo fue mucho antes de la llegada de la barra Los del Sur. Allí Guillermo se hacía siempre, y cuando llegaron, por allá entre 1997 y 1998, ese grupo de muchachos a brincar y saltar, él fue uno de los pocos que los recibieron con afabilidad, se sintió identificado y unido con esa pasión desbordante. Desde ahí, la barra y el Abuelo se entendieron y fueron parte de su familia. Recorrió el país y el continente para ver a Nacional.

Era el mayor, el de una pinta rockstar con el pelo canoso lleno de crespos largos. Era ese viejo que no ahorraba un momento para contarles a los más jóvenes sobre la historia del club, sobre grandes victorias y dolorosas derrotas, sobre talentosos y troncos; en sí, lo que hacía Guillermo Morales, planeado o no, era pedagogía, enseñanza. Ahí, en la tribuna sur, él fue más profesor que nunca.

En varios estadios hay homenajes a hinchas míticos. En el del Valencia hay una estatua de Vicente Navarro. Don Prudencio Reyes acompaña eternamente, en el estadio de Nacional de Uruguay, a su equipo. Y Nachito siempre estará alentando al América de México en el Azteca. Creo que no es descabellado dejar por siempre el legado del Abuelo en la tribuna sur del Atanasio Girardot.

El fútbol necesita siempre de hinchas como Guillermo Morales y los debe haber en cada equipo. Hombres así, forjados en el trabajo, pero llenos de pasión y que, con sapiencia y buena energía, por encima de la edad, se mezclan con más jóvenes alrededor de unos colores y generan hermandad. Son relaciones en las que ganan todos. El Abuelo lo seguirá haciendo en la otra dimensión, en la de la banda inmortal.

 

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