El sueño ciclístico que le falta por cumplir a ‘Rubencho’, antes de su retiro

La voz por excelencia del ciclismo nacional sabe que su carrera está llegando a su fin pero antes tiene metas por cumplir y relatos por inmortalizar.

Por Román Gómez

“Se ve llegar, se ve llegar, paso a la victoria, cruza el lote, Herrera campeón, campeón de la Vuelta ¡Qué grande, qué aletazo tremendo! ¡Qué grande es el mundo frente a mi garganta abatida, aquí en el Paseo de la Castellana”.

 

Ese relato, que contó la hazaña de ‘Lucho’ Herrera en La Vuelta a España 1987, fue la piedra angular de una historia de éxitos del ciclismo colombiano que hoy en día se mantiene.

A los pedalazos del ‘Jardinerito de Fusagasugá’ se le sumó la voz de Rubén Darío Arcila, un narrador que desde los años 70 acompaña las gestas de los escarabajos en tierras europeas. A sus 69 años sabe cuál es su función: darle melodía a las epopeyas deportivas.

“Una buena narración es la banda sonora de la película que ellos protagonizan (los ciclistas)”

‘Rubencho’ vive en el campo. A las afueras de Medellín, en los verdes cercanos a Rionegro, una cabaña es el refugio de un cronista de ciclismo que vuelve a la luz cuando un colombiano se monta en una bicicleta y va a la conquista de Europa. Ahí, su voz vuelve a entonar los acordes de éxito y hazañas, junto a las metáforas que él solo sabe hilvanar, llenas de magia, realidad y fantasía.

Esa travesía al lado de los ciclistas colombianos inició a los 12 años. Jamás se vio trascendiendo en el tiempo con su voz, pero desde niño ya era el encargado de narrar las carreras infantiles de su barrio, Manríquez Central, a pocas cuadras del centro de Medellín.

“Es de esos barrios donde en cada esquina suena un tango; y pasa un ciclista, y pasa un futbolista. A los 12 años comencé a narrar, me recuerdan que fue trepado en un árbol, con un tarro de galletas, pero nunca soñé con ser alguien como Carlos Arturo Rueda”.

Su prodigiosa voz le abrió campo en la radio, el medio que tanto ama y que ayudó a construir en Colombia. Lo curioso es que jamás se le ocurrió ser narrador deportivo, la idea fue de Julio Arrastía Brica. Al escuchar la emoción, combinada a la prosa fina de ‘Rubencho’ cuando actuaba en radionovelas, le propuso pasar al ciclismo, a pesar de que existían grandes narradores en la época.

“Arrastía me pule. Dice que tengo que ser más observador de la carrera. Mirar más el lote. No porque viera los 70 pedalistas rodando debo mirar para otro lado, debo decir quienes van, quién por la derecha, quién por la derecha, empiezas a desarrollar algo muy importante, la intuición”.

El choque de egos en la radio de Medellín lo hizo desplazarse hasta Cali. Allá, tuvo la oportunidad de narrar la Vuelta de la Juventud y dentro de un año, viajó a Europa trabajando para RCN, marcando un hito en la radio nacional.

Fue la primera vez que una cadena radial transmitió una vuelta ciclística en el Viejo Continente, la ‘Picollo Giro’. Rubén Darío Arcila le puso su voz a los primeros pasos del ciclismo colombiano en el ‘Viejo Continente’. Luego, pasaría una larga década para que los medios retornaran a Europa a transmitir.

“La radio colombiana nunca había hecho eso. Había transmitido desde estadios por cable submarino, pero nosotros lo hicimos en el Picollo Giro. Pero tras esa experiencia parece que todo terminó, porque demoramos diez años para volver y lo hicimos en forma”.

La década de los ochenta hizo visible a Colombia en el ciclismo mundial. Junto a ‘Lucho’ Herrera, irrumpieron Fabio Parra, Patrocinio Jiménez, entre otros ‘escarabajos’ que hicieron pie. Con el ascenso de ellos, sobre todo en la ‘Vuelta a España’ 1987, vino la fama a los locutores de ciclismo.

Junto a la fama, llegaron los vicios. Los periodistas colombianos eran igual de aclamados en las poblaciones europeas, sobre todo cuando cubrían el Tour de Francia y La Vuelta a España. Su estilo llamaba la atención y muchos de los cronistas se la creyeron, cayendo en profunda solemnidad.

“En esta profesión hay tres cosas muy complicadas de manejar: el alcohol, mucha bohemia; el cigarrillo, con nicotina no puedes; la tercera es el ego, esa es la peor de todas. No te puedes tragar el cuento de que eres el mejor, porque esto es muy fugaz”.

Arcila lo admite, fue bebedor y fumador. Sin embargo, para trascender debió dejar esa vida de placeres. Cuenta que una vez mientras estaba en un bar llegó un padre junto a su hijo; el hombre le decía a su niño: “mírelo, mírelo, ese es su ídolo, igual que todos”. Ese suceso le cambió el rumbo y supo dar un giro en su vida, un poco para trascender más que sus colegas, pero la principal razón es darle un ejemplo a sus cuatro hijos.

“Nadie daba un peso por mí porque yo era muy alegre y rumbero. Pero llegó un momento en que frené porque me he hastiado de tanto festejo; no sé en qué día dejé de beber, de hecho no lo he dejado de hacer, si me ofrecen un whisky con una buena compañía tal vez me lo tomo. Pero eso se va volviendo muy cansón y yo me bajé de ese bus. Cuando vi que ese bus iba por un despeñadero yo dije “pará, pará” y me bajé por la puerta de atrás, pero la mayoría de mis colegas no lo han hecho y muchos se han ido”.

‘Rubencho’ sabe que está en el ocaso de su exitosa carrera. La voz que todavía conserva mantiene fresca la memoria de la generación dorada de la radio deportiva colombiana. Son pocas las cosas que le quedan por cumplir en una extensa vida de logros, entre excesos y pedalazos.

Pero existe un sueño que aún quiere ver realizado. Escuchar el himno nacional en los Campos Elíseos, porque un colombiano ganó el Tour de Francia. Este año, a horas de que Nairo Quintana y otros escarabajos emprendan el sueño francés, ‘Rubencho’ siente que si eso pasa habrá llegado el momento de su retiro. Quiere hacerlo como lo que es, un grande de la historia radial colombiana. Como se titula el libro que escribió ‘El último apaga la luz’, y él no quiere serlo. Nairo tiene la última palabra.

“Creo que debo irme ya. Si Nairo gana el Tour de Francia ya no me queda más nada que hacer. Todas las metas están cumplidas, lo único que falta es ganar el Tour y hacerlo bien, que la narración quede inmortalizada y ahí bajo el pedal”.

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