70 años de Atlético Nacional

'El Pote' Ríos dice con orgullo: "soy del verde, soy feliz" y nos explica el por qué en esta columna en homenaje a su equipo del alma, que está de cumpleaños.

Por Andrés ‘Pote’ Ríos

 

De Atlético Nacional no me hice hincha por un acto de “combustión espontánea” apenas me llevaron a un estadio y vi los colores verde y blanco sobre una grama. No, yo me enamoré del equipo por mi familia y, luego, ya fue la magia verdolaga la que se encargó de envolverme en un remolino de amor que me llevaré hasta la tumba.

No hay términos medios con este equipo. O se ama o no se quiere, muchos llegan al odio, el punto es que con Nacional no hay grises. Ser tibio en este caso es un irrespeto. Es claro, y como hinchas lo sabemos, que el cuadro verde de la montaña es odiado, envidiado, maldecido, calumniado pero ante todo, amado. Esa ha sido su vida en 70 años de historia.

Pero usted, apreciado lector, que gusta del fútbol, que se preocupa por aprender de él, que vive esto con pasión pero sin ser obtuso neuronalmente, usted reconoce en su haber que Atlético Nacional es un equipo grande. Hoy, su presente indica que es el más grande de Colombia, uno de los más grandes del continente y está trabajando por un reconocimiento mundial.

Mi abuelo paterno, Antonio, por allá en los años 50, no fallaba a su cita en el estadio Atanasio Girardot. Se llevaba a mis tíos Óscar, Jairo, Jaime Humberto, Sergio, Mauricio y a mi padre Juan Guillermo, niños en ese momento, a una tribuna a la que bautizaban “Corea”. Antes, sin falla, el abuelo hacía una sagrada estación en las carretillas que se ubicaban en los exteriores del estadio para “hidratarse” con unos buenos tragos y echar tertulia con los otros hinchas que no fallaban a la cita. Antonio, pintor de brocha gorda, le inculcó el amor verdolaga a sus hijos. De 11 hermanos 10 son de Nacional y salvo una tía “descarriada” que terminó en las huestes del DIM, la familia Ríos es territorio verde paisa.

Por mi lado materno el abuelo Emiliano, mecánico, arreglaba lo que sea, amante de las óperas, escritor, escultor y cejeño de raíz, con su gruesa voz les decía a sus hijos: “Los dejo, voy a oír a la sinfónica”. Se apartaba, prendía el radio y sintonizaba el partido dominguero de Atlético Nacional. Creo que nunca llegó a pisar el estadio Atanasio Girardot pero amaba al equipo verde. Su adn se regó en varios de sus 11 hijos.

Yo, en el año de 1981, vi por primera vez a Nacional. A pesar de vivir en otro país y luego en otra ciudad de Colombia, asistí a la final del torneo colombiano entre Nacional y América. Más allá de la zurda poética de César Cueto y de ese kínder que forjó el maestro Osvaldo Juan Zubeldía para coronarse campeón ante el retiro del gramado del Atanasio por parte del América del médico Ochoa Uribe. Lo que más me cautivó fue el apoyo, la pasión, la alegría y el orgullo de mis tíos y mi padre (todos en pleno en la tribuna) por los colores verde y blanco. Luego eso se repitió en la final de la Libertadores de 1989, todos, tíos, padre y primos, en El Campín.

Y así entendí que esto de amar a Nacional era un legado que recibía de mis ancestros, de mi familia. Era una cuestión de adn, no importaba que viviera en otro lugar, que mi buen hermano se haya ido por el lado de las huestes azules y que para mí fue difícil ser verde en casa de otros colores. No, entendí con el paso de los años que Atlético Nacional, con sus errores y virtudes, es un signo familiar y es mi misión llevarlo con orgullo por el resto de mis días.

Lo es también mantener vivo ese legado de mis abuelos Antonio, Emiliano, mis tíos y mi padre. Por eso mi hija tiene esos genes. Ella, como me tocó a mí, vive en otra ciudad y no le ha sido fácil ser verdolaga en tierra de otros. Pero he hecho mi labor, cuando nació ya en su cuna tenía un símbolo del equipo. Junto a mi hija he vivido gestas y títulos bellos en la tribuna de oriental del Atanasio. Le inculco los valores del hincha, del club, del respeto, de la tolerancia y de la buena argumentación. Es claro, Atlético Nacional no es la vida, pero es una parte muy bella e importante de la vida misma.

Ya son 70 años de historia y le agradezco inmensamente a mi familia por hacerme hincha de este bello equipo. Con altas y bajas, con lágrimas y alegrías, con enseñanzas de vida, con forjarme como lo que soy ¡Gracias Atlético Nacional! ¡Hoy y por siempre, soy del verde, soy feliz!

Por Andrés ‘Pote’ Ríos / Twitter: @poterios

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