En Miami al calor de los Heat

Baloncesto. Ayer se jugó el quinto partido del playoff final de la Conferencia Este de la NBA entre Miami Heat e Indiana Pacers ¿Cómo se vive este gran espectáculo deportivo en vivo y en directo? PUBLIMETRO estuvo en el American Airlines Arena y se lo cuenta

Por Publimetro

Veinte mil personas entran en el American Airlines Arena, la casa de los Heat, en el Bayside de Miami.

No se sabe cómo      –porque el coliseo se repleta–, pero uno puede conseguir entradas para ver un partido de la NBA hasta el mismo día en internet. No para cualquier ubicación, por supuesto. La mayoría ya no están disponibles porque han sido compradas con anticipación para toda la temporada y las de las primeras filas valen “desde 658 dólares” sin impuestos (mejor ni preguntar hasta cuánto). Las más baratas rondan los 140 dólares, pero hasta desde la última fila –por poquito casi puedo dar fe de ello– se ve muy bien la cancha y se vive plenamente el espectáculo. Afortunadamente, LeBron James mide 2,3 metros; Roy Hibbert, 2,18 metros… No hay manera de verlos chiquitos.

Cuando hay partido de la NBA, la jornada empieza mucho antes de que los jugadores salten a la cancha. Una marea blanca –el color de los Heat esta temporada: White Hot!– baja por Biscayne Boulevard y se queda a las afueras del coliseo tomando sol, cervezas y fotos. Una banda de músicos, percusión y vientos, toca ritmos latinos. Baila un negro inmenso vestido con frac y sombrero de copa moviendo los deditos. El reportero de la TNT hace un enlace en vivo y la gente aúlla en cámaras mostrando sus afiches de apoyo a los Heat, sus disfraces, sus camisetas oficiales (15 dólares la más barata, aquí no hay pirata). Por allí pasan un par con casacas de los Indiana Pacers y nadie los molesta. Estados Unidos ha mejorado mucho en los últimos años en esto del respeto a las minorías.

Faltando una media hora para que empiece el partido, la muchedumbre entra al coliseo. Salones VIP, souvenirs oficiales de los Heat, escaleras mecánicas, señalización perfecta. Los puestos de comida a la entrada de las tribunas son el paraíso de las grasas trans (aquí, un salchipapón con todas las cremas del Tip Top es un plato para vegano a dieta). Adentro, felizmente, los asientos son bastante generosos para contener a espectadores de todas las dimensiones y menos mal que no es necesaria la orden de ‘apéguense’ porque uno terminaría aplastado por tanta masa calórica.

Los basquetbolistas salen a calentar y todo es espectacular: las canastas que hacen, la música infernal, los videos que se pasan en cuatro pantallas gigantes ubicadas encima de la cancha, mirando a cada una de las tribunas. Para presentar a los jugadores de los Heat, el coliseo queda a oscuras, un animador va anunciando sus nombres uno por uno, se encienden unas llamas (Heat pues, calor) y un cañón de luz apunta a cada estrella. LeBron James y Dwayne Wade son los más ovacionados. A los del Indiana Pacers, ni bola.

Hasta la cantada del himno de los Estados Unidos se hace un espectáculo. Para avivar el fervor patriótico, en la cancha se presenta un militar recién regresado de hacer la guerra en algún rincón del mundo y hasta los basquetbolistas se detienen a aplaudirlo. A su lado aparece Julia Dale, una niña cantante, y pasamos al momento American Idol de la noche. El público jalonea las notas más altas cantadas por Julia con el típico grito de uuuhuuu norteamericano y solo falta que Randy Jackson salga a felicitarla.

Arranca el juego y no se apaga la música. Qué va. Suben el volumen. Cuando los Heat atacan, un animador que habla todo el partido pide palmas o que la gente cante “let’s go, Heat” al ritmo del ‘We will rock you’ de Queen. Cuando los Pacers atacan, con una percusión de combate la masa repite “defense, defense”. El animador celebra las canastas locales y los fallos arbitrales que les favorecen. Lamenta, en buena onda, los puntos rivales. “Oh, boy”, dice. Nada es agresivo, aunque cuando Chris Bosh falla bajo el aro la gente requinta.

Las pausas y el medio tiempo son tan entretenidos e inspiradores como el partido mismo. Pueden pasar un video sentimentalón sobre el programa social que hace Dwayne Wade con niños pobres de Florida (la señora del costado, yo la vi, derramó un lagrimón sobre su balde de maíz); la cámara ubica los mejores disfraces en la tribuna o a los famosos que han ido al coliseo (¡Linda Carter, linda todavía, la Mujer Maravilla de los años setenta! y dos viejas glorias del béisbol y el fútbol americano que no me evocan ningún recuerdo), y la gente baila porque la música nunca para de sonar.

Show aparte son las porristas de los Heat, que bailan en los tiempos muertos junto a Burnie, la mascota (una especie de Pío Chicken gringo) y un negro disfrazado de plátano. Las 21 chicas son estupendas, pero la atención se la llevan el pájaro y el plátano con su agilidad y sus pasos graciosos, bailan hasta el ‘Kazachok’. Es la hora, pues, de reír. En una de las pausas las jóvenes porristas son reemplazadas por las Heat Olden Goldies, divertido elenco de señoras sexagenarias que en mallas hacen una coreografía del ‘Gangnam Style’ con una actitud que es como el sello de la gente de Miami: la exhibición sin pudor de los cuerpos. Uno no sabe bien si esa es también la hora de reír.

Y así transcurre la noche hasta que suena la chicharra final. Las tres horas se quedan cortas (solo 48 minutos son de juego efectivo). Lo que pasa dentro de la cancha se puede ver por TV y no necesita decirse que es espectacular. Pero lo que pasa afuera, la verdad, también es bastante divertido.

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