Infra-estructura

@elGrafomano

Por Andrés Ospina

Como el crisol de monstruosidades que es, Colombia constituye en sí mismo un exabrupto infraestructural. De ahí que nuestra historia esté plagada de proyectos truncos, absurdos urbanísticos, corruptelas ingenieriles y aberraciones viales. “Puentes donde no hay ríos”, diría Arnulfo Briceño. El inventario de propuestas demenciales, equipamientos precarios e iniciativas suicidas o medioambientalmente inconvenientes se remonta al comienzo de la república.

Una de las imbecilidades fundacionales de mayor envergadura dentro de este compendio de desvergüenzas fue promovida por el ilustrísimo Francisco de Paula Santander, quien en su inconsciencia ecológica —al mejor estilo Peñalosa— planteó la desecación de la laguna de Guatavita con el propósito de extraerle oro. Los ingenuos imaginaríamos que tal atentado contra el planeta se habría visto refrenado por algún opositor sensato. Pero lo cierto es que si semejante estolidez no resultó consumada fue porque la reacción natural del cuerpo de agua en cuestión y los subsiguientes derrumbes de tierra disuadieron al grupo de depredadores-emprendedores. ¡Por fortuna!

El siglo XIX, y perdonen que siga tan atrás, rebosa de casos similares. Por entonces la utopía de una nación desarrollada se resumía, de manera certera, en la posibilidad de tender una red ferroviaria que surcara el país. Sin duda un requerimiento urgente para este pueblo necesitado de elementos de cohesión y de formas de comunicación que acercaran aquello naturalmente separado por obstáculos geográficos. Muchos presidentes posteriores, como Pedro Nel Ospina, se mostraron comprometidos con los ferrocarriles. No obstante, factores como las sucesivas guerras civiles, incumplimientos de contratistas y la infaltable excusa de “una geografía difícil” fueron pretextos ideales para dejar todo inconcluso. Después, presionado por la industria automotriz y por Norteamérica, el gobierno nacional redujo el 60% del total de la inversión en transporte, que en 1930 era destinado a los trenes, a un vil 20% en 1950. Hoy, por cuenta de tales decisiones, seguimos condenados a la dictadura de los buses intermunicipales y las aerolíneas. El resto de la historia ya ha sido bien sufrida por la mayoría de los ‘aquí leyentes’, condenados a viajar en Expreso Vomitariano.

Algo parecido ocurrió con la navegación en vapor vía río Magdalena, muerta desde los 60 de la centuria pasada, por cuenta de la disminución del cauce, un fruto más que natural de la agricultura irresponsable y de algunas otras infamias a crédito de la especie humana. Las cosas hoy no parecen muy diferentes. Si Colombia aún se mantiene desarticulada, como una confederación de naciones incomunicadas y pobres, ello se debe, sobre todo, a nuestra proverbial chambonería en cuestiones infraestructurales. Piensen ustedes en la fallida carretera Panamericana, frustración continental, en el Túnel de la Línea, inaugurado por Uribe pero inexistente, y en algunas otras ineptitudes de espíritu semejante. También, cómo no, en Hidroituango, una experiencia que nos mantuvo a las puertas de un desastre medioambiental por cuenta de EPM, supuesto modelo de empresa pública.

Con dicho prontuario como antecedente, cuesta creer que aún hoy prevalezca la ignorancia histórica y que todavía existan quienes aplauden la depredación de una reserva natural, el fracking, las tales ‘canchas sintéticas’ y la aspersión de glifosato. O que muchos reclamen una troncal de buses o un metro elevado y mediocre como panaceas. Triste decirlo, pero mientras semejante grado de pobreza mental prevalezcan, nos mantendremos sumidos en nuestros ya más de doscientos años de mediocridad. Hasta el otro martes.

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