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Columnas 28/06/2021

Jhon Mario

“Un chico de Cazucá emergió entonces con un uniforme que parecía quedarle grande en talla, pero nunca en responsabilidad. Apellido Ramírez y de nombre Jhon Mario”: Nicolás Samper

El 10 de siempre, el que conocimos, era una mezcla de talento desbordado con cierta actitud pachorrera, barnizada de cierta desesperanza. Era el divo listo para hacer magia cuando quería porque el temperamento era para los de marca. Al 10 había que dejarlo en paz, sin pedirle muchas dosis de sangre. Ahí fue que Jhon Mario Ramírez hizo la diferencia. Porque fue el 10 al que, al talento natural, le agregó un temperamento digno de número 5. Jhon Mario era fuego, también. 

Una noche de 1992, de esas gélidas en El Campín, en las que viento desvía la mirada del campo a nuestros brazos erizados por el frío, saltó al césped el equipo que dirigía Miguel Prince con la evidencia notoria de que a Millonarios se le apagaban las luces porque la iridiscencia creativa apenas se veía a ráfagas, con destellos imprecisos como la iluminación de aquellas torres cubiertas por el aleteo de las mariposas negras. El rival era un envalentonado Bucaramanga.

Un chico de Cazucá emergió entonces con un uniforme que parecía quedarle grande en talla, pero nunca en responsabilidad. Apellido Ramírez y de nombre Jhon Mario, el crack se enfundó la azul sin sentir miedos o complejos. Jugó e hizo jugar a tipos más grandes y con amplias horas de vuelo en su bitácora, pero aquella noche estaba sólo en la cancha: mientras él andaba en FM, sus coequiperos apenas sintonizaron en AM y con constantes interferencias. Bucaramanga se llevó los tres puntos -pena máxima que Eugenio Uribe convirtió pateando al centro de la portería de Óscar Córdoba- pero ya el resultado no importaba: un futbolista brillante y repleto de sangre en las venas estaba de nuestro lado. 

Desde ahí la 10 fue de él y sus partidos inolvidables en las campañas de 1994 -donde armó estragos con Maturana, Rendón, Iguarán y León en un equipo ofensivo hasta la médula que marcó más de 100 goles en esa campaña y que no quedó campeón porque la vida es así de injusta-, la Libertadores de 1995, en la que brilló hasta en las declaraciones contra el árbitro Chapell luego de la eliminación azul ante Nacional en cuartos, por cuenta de un penal inexistente que le cobraron a Cancelarich contra Aristizábal:

– ¡Es una porquería lo que vino a pitar esta noche! ¡Es un ladrón! ¿Eso qué es? ¡Es un ladrón! 

Y un año después fue amigo de Ricardo Lunari y entre ambos apuntalaron el sueño de una estrella que casi llega de nuevo, pero que él no consiguió levantar. La vida después lo condujo a lugares oscuros de los que casi no puede salirse hasta que se encontró en uno de esos zaguanes a Jesús y desde ahí, sabiendo que había estado metido en el infierno al que nunca más quiso regresar, nunca más le soltó la mano.

El sábado se fue con él. Y a nosotros, los hinchas de Millonarios, se nos murió parte de la vida feliz que nos supo dar.

Por: @udsnoexisten