Opinión

Brillantes para la guerra, imbéciles para la paz

“Hacerles creer a los colombianos que el origen del problema no es el gobierno, no son las torpes medidas de incrementar los impuestos en plena peste de Covid, no son los 30 millones de ciudadanos pobres, no son los 15 millones de desempleados, sino los enemigos del sistema, es un acto de perversidad reivindicado por Goebbels en los 11 principios de la propaganda nazi”: Joaquín Robles Zabala

Declarar las marchas como actos vandálicos o acciones terroristas es encasillar las protestas sociales en el marco de la ilegalidad. Es tirar por la alcantarilla el artículo 37 de la Constitución Nacional de Colombia que reivindica la protesta ciudadana, y el 56 que garantiza el derecho a la huelga. El problema real de este país de “gente de bien”, católico hasta la médula, que cree sin cuestionar que “el que peca y reza, empata”, y que relaciona las marchas de campesinos e indígenas con levantamientos guerrilleros, es la escasez de lectura, que redunda en la comprensión de los hechos. Las estadísticas sobre qué tanto leen los colombianos reposan en la Cámara del Libro. Según esta, Colombia consume la mitad de los libros del promedio latinoamericano; es decir, 2.7 al año. Mientras que países como Chile y Argentina la cifra supera los cinco ejemplares, equivalente a seis horas de lectura semanales, Colombia no alcanza el promedio de las dos horas.

Esto nos habla, en primer lugar, de los niveles de compresión lectora: cuando más bajo es el acceso al libro, mucho más bajo resulta la interpretación de los hechos. En segundo lugar, está el aspecto cognitivo: no se puede acceder a lo que no se conoce, no puede dársele

solución a un problema sin tener claro su génesis, no puede interpretarse un hecho desde el hecho mismo. Hay que desandar, necesariamente, los pasos, caminar hacia atrás para observar el panorama en sus justas proporciones. Hay que conocer los árboles para poder contemplar el bosque, aseguró Edward Gibbon. Quien no lee, dijo Mafalda, está condenado a creer todo lo que le digan. Colombia, seamos sinceros, no es un país de lectores, pues su cultura está enraizada en la oralidad. Esto quizá explique porqué la radio sigue siendo tan exitosa entre los ciudadanos. Porqué somos amantes del “cuento”. Porqué la historia de una ciudad como Cartagena de Indias se construyó desde las esquinas de San Diego, Getsemaní o El Cabrero. Porqué el libro sigue siendo un artefacto extraño y, en muchos aspectos, creador de temores. Porqué una novela como “Cien años de soledad”, la más popular de las escritas en los últimos sesenta años en Colombia, tiene su asiento en la oralidad.

En un ensayo titulado “La novela como historia: Cien años de soledad y las bananeras”, Eduardo Posada Carbó nos habla de cómo la histórica matanza fue reinventada mil veces por la memoria colectiva y cómo luego de su incorporación a los acontecimientos ficticios del relato garciamarquiano la cifra de muertos durante la recordada masacre se mantuvo en tres mil. Hoy, no obstante de las contradicciones que esta representa, la cifra parece ser aceptada como una verdad histórica por muchos colombianos. Los rumores que precedieron al recordado suceso, hicieron ver al gobierno y a las autoridades de turno a grupos de guerrilleros armados hasta los dientes, apostados a lado y lado de vía férrea, cuando en realidad eran solo campesinos y trabajadores de las fincas vecinas recostados a las matas de banano, preparándose para el cese de actividades.

Se necesita, por supuesto, ser muy imbécil para confundir un rastrillo con un fusil, o un machete con una pistola. Pero la idea era esa: mostrar a los humildes trabajadores como enemigos dispuesto a desatar su furia contra la autoridad, contra los dueños de las fincas, contra los directivos de la United Fruit Company, contra el Ejército, contra la Policía, contra la propiedad privada. De esta manera, se informaba de grandes incendios en los cultivos de banano cuando en realidad eran solo fogatas para calentarse en las noches, o fogones artesanales para preparar los alimentos. La noticia de estos sucesos se regó como pólvora por los pueblos circunvecinos de la zona bananera, llegó a las capitales de los departamentos, atravesó las tres cordilleras hasta alcanzar los oídos del presidente. La orden que salió de Palacio era apagar, como fuera, esa revuelta. En una nota escrita por el general Cortés Vargas, quien tenía a su mando más de 300 soldados apostados en la zona, aseguraba lo siguiente: “toda la ciudad era patrullada por grupos amotinados que infundían el terror entre los habitantes. La ciudad estaba prácticamente en manos de un soviet de gente irresponsable”.

La ciudad era en realidad un pueblito llamado Ciénaga, en el departamento del Magdalena. Y el día de la matazón presentaba un ambiente de fiesta, pues habían llegado desde otros pueblos como Riofrío y Puebloviejo grupos de obreros en carros y mulas para hacer presencia en la gran manifestación del día. Cuenta la leyenda que habían reunidos ese día en la plaza unos 5.000 huelguista, bailando al son de una papayera, pero cuando se visita el lugar, el escenario mítico de los hechos, uno se pregunta cómo era posible que hubiera podido caber tanta gente en un espacio donde a duras penas alcanzaba para 200 personas apretujadas.

La desinformación de los hechos, o la escasa información de los mismos, o la tergiversación de estos, en los que se mostraban a grupos de campesinos armados con fusiles y pistolas, tenía una intención bien clara: justificar los disparos. Y para justificarlos había que crear esa imagen negativa previa de los que participaban de las protestas: hacerlos parecer guerrilleros, desarrapados, que guardaban en sus mochilas pistolas, un soviet bien organizado, financiado por el régimen soviético que buscaba imponer el comunismo en el país.

Hoy, esa imagen negativa, creada alrededor de las protestas de ciudadanos que buscan reivindicar sus derechos, continúa. Para el partido de gobierno, detrás de las marchas y levantamientos que se han hecho sentir en las últimas seis semanas a lo largo y ancho del territorio nacional, y que les ha costado la vida a 67 colombianos, entre estos jóvenes universitarios, está Rusia, Venezuela, Cuba, el Foro de Sao Paulo y un senador de la Republica que nunca ha sido presidente del país: Gustavo Petro. Hacerles creer a los colombianos que el origen del problema no es el gobierno, no son las torpes medidas de incrementar los impuestos en plena peste de Covid-19, no son los 30 millones de ciudadanos pobres, no son los 15 millones de desempleados, no son los “ninis” sino los enemigos del sistema, es un acto de perversidad política reivindicado por Goebbels en los 11 principios de la propaganda nazi.

En Twitter: @joaquinroblesza

Email: robleszabala@gmail.com

(*) Profesor.

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