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Columnas 27/04/2021

Monalisa anda en bicicleta

“Sea crónica o sea cuento, Wilfried de Jong narra un viaje que hizo a Francia durante unas vacaciones de verano; un motivo del viaje era hacer en bicicleta algunos de los puertos de montaña más emblemáticos del Tour de Francia”: Caballito de Acero

El ciclismo se puede ufanar de haber atraído la atención de importantes escritores, quienes en crónicas, cuentos y poesía se han aventurado a mostrar aspectos de este deporte, tan proclive a la épica. Es el caso del escritor, actor y presentador neerlandés Wilfried de Jong, cuyas crónicas y relatos de ciclismo han sido traducidos al español con el título Niebla en el Mont Ventoux. De ese libro extraje la siguiente historia.

Sea crónica o sea cuento, Wilfried de Jong narra un viaje que hizo a Francia durante unas vacaciones de verano; un motivo del viaje era hacer en bicicleta algunos de los puertos de montaña más emblemáticos del Tour de Francia. Con ese objetivo, cuenta que una tarde empezó a ascender el Coll d´L homme mort o Alto del hombre muerto (No me aventuraría a subir un puerto de montaña con ese nombre), ascenso de 13.8 kilómetros con un promedio del 4.4 % de gradiente promedio. Como era verano, emprendió la subida en la tarde, cuando empezaba a refrescar, pero aún estaba lejos de la cima y notó que se le acababa el agua. No es cosa de pedalear en ascenso, en pleno verano y sin agua, de modo que de Jong decidió regresar, toda vez que no encontraba ningún sitio en donde pedir algo de líquido. Entonces vio un letrero en la carretera: “Donde Monalisa”

Así llegó a un pequeño chalet, a un lado del camino. Inicialmente lo creyó desierto, pero pronto vio a la dueña, una mujer robusta de unos cincuenta años. Ella se presentó. Su nombre era Lisa y su casita era un auténtico museo del ciclismo: fotos de grandes del ciclismo mundial llenaban las paredes. Lisa explicó que su difunto marido era un fanático y ella había heredado su afición. De Jong quiso ponerla a prueba y la mujer respondió con suficiencia: conocía del ciclismo y de ciclistas.

Monalisa estaba encantada de ayudarlo, pero le señaló que faltaba mucha escalada y que era necesario no solo reponer los líquidos sino también comer un poco. A pesar de las protestas del periodista, insistió en cocinar un plato de pasta. Luego de comer, dijo que era importante, antes de que de Jong reemprendiera el camino, que ella le hiciera un masaje. Nuevas protestas, hasta que finalmente él se tendió en la cama y dejó que Monalisa le masajeara las piernas. Mientras eso pasaba, el periodista fijó sus ojos en una de las paredes de la estancia y vio una foto de Lucho Herrera con la camiseta de líder de la montaña del Tour. No puedo resistir la tentación de citar directamente sus palabras: “Sobre mí, Lucho Herrera subía por una empinada carretera de asfalto. Al pequeño colombiano le costaba seguir el ritmo del pelotón en las etapas llanas y solo se sentía como en casa en la montaña, lejos del nervioso bullicio del pelotón. Pedalear manillar contra manillar no le atraía. Al igual que muchos escaladores, encima de la bicicleta era un solitario”. Monalisa advirtió su mirada y le comentó que, años atrás, Lucho había estado tendido en esa misma cama, mientras ella lo masajeaba. Interesado, de Jong la interrogó sobre el colombiano. “Entre que él no hablaba francés y yo apenas chapuceó español, no nos entendimos”, respondió ella, en cambio, Monalisa sí que era capaz de hacer una descripción cuidadosa y casi amorosa de la musculatura de las pantorrillas de Lucho.

Luego explicó que había masajeado a muchos otros grandes del ciclismo. Cuando llegó a Il campeonissimo Fausto Coppi, el periodista empezó a sentir recelos; en efecto, Coppi había muerto cuando aquella mujer apenas sería una niña. Y pensando en esa mujer solitaria que fantaseaba con los músculos de ciclistas a los que probablemente nunca hubiera conocido, de Jong se quedó dormido

Despertó minutos después. Ya había anochecido. Monalisa también dormía. Sin hacer ruido, de Jong dejó la casa, tomó su cicla y se dirigió a la carretera. Dudó un momento. ¿Seguiría hacia la cima o era mejor devolverse al hotel? Pensó que se lo debía a Lisa, a su masaje, a su comida, a su soledad. Subió, conquistó el puerto. En el descenso vertiginoso, con el viento dándole en el rostro, Wilfried de Jong empezó a gritar un nombre a la noche: Monalisa.

Jorge Ivan Salazar / @acerocaballito