IQ

@elGrafomano

Por Andrés Ospina

Supongo que la mayoría de los humanos nos hemos preguntado alguna vez si somos o no inteligentes. En un entorno tan dado a la comparación y a la competencia, las habilidades intelectuales ocupan territorio de privilegio junto a las gracias estéticas, la solidez financiera y la fortaleza física como rubro digno de exaltación.

Obscenidades aparte, el adjetivo 'bruto' constituye un insulto por excelencia. El de 'inteligente', un halago. En concordancia, es usual establecer relaciones directas entre inteligencia, prontuario académico y perspectivas profesionales y económicas. Desde años infantiles —imagino que a muchos les sucederá— una parte de mí se inclina por pensar que tengo un cerebro privilegiado, otra por creer que soy un ‘pensador del montón’ y otra más, mucho más persistente que las anteriores, por catalogarme como ‘brutengue’.

Nunca me había expuesto a examen alguno a dicho respecto —por las mismas razones que me condujeron a evadir el de VIH hasta que una pariente del ‘ramo médico’ me lo practicó hace poco y “a mis espaldas”—. Tenía pánico de un diagnóstico devastador. Por fortuna resulté sano: del VIH, claro. Pero en cuanto al IQ, meses atrás incurrí en la estupidez, que ya de entrada certifica mi limitadísima inteligencia, de someterme a una prueba gratuita en línea, ofrecida por la Universidad de Valencia, que más parecía de razonamiento abstracto.

Mi diagnóstico era de esperarse: muy por debajo de la media de mis congéneres con capacidades cognitivas normales. Cien puntos me habrían certificado como ‘pensador promedio’. Con dificultad llegué a 26. Quienes quieran exponerse a la misma humillación o pretendan probarse superiores a sus semejantes, pueden hacerlo en http://bit.ly/38hD3jN.

Ante el atentado contra la seguridad y el amor propios resultantes intenté consolarme apelando a diversos pensamientos. El primero, imposible de comprobar, que muchísimos individuos a quienes admiro, en particular humanistas, quizá habrían obtenido resultados similares al anterior. El segundo: el test en línea, escogido vía Google, lucía carente de rigor en tanto sólo mide razonamientos abstractos (no creatividad ni confrontación con acontecimientos prácticos). Además, evade toda interacción con el ‘examinador’. Es un vulgar algoritmo. Una vil aplicación. Un cuantificador desalmado. No soy neurólogo, ‘inteligentólogo’ ni ‘brutólogo’, pero entiendo que existen muchas modalidades distintas de raciocinio y no una sola, como lo sugeriría la prueba aquella. Dudo que la inteligencia pueda medirse en función de nuestras destrezas para sortear problemas. Edgar Allan Poe tuvo una de las mentes más iluminadas que conozco y no pudo ni con la vida propia. El segundo: la inteligencia atormenta y origina innumerables angustias. Cuanto más consciencia, mayor potencial de padecimiento.

Christopher Langan, hombre vivo con el mayor IQ comprobado bajo metodologías científicas, esas sí estrictas, ha sido gestor de múltiples ‘emprendimientos’. Ninguno ‘exitoso’, como ruinmente suele hablarse de esas cosas. Su vida, lo digo con absoluto respeto, se reduce a la de una curiosidad humana o a la de un atractivo circense. ¿Será, acaso, que no existe relación alguna entre inteligencia, bienestar o prosperidad? ¿U ocurrirá más bien que personajes como él son tan brillantes como para entender que la aprobación ajena, las calificaciones con respecto a la genialidad o a la estupidez propia y la opinión de los demás, incluida la de quien ahora escribe, carecen de relevancia, y que los tests de IQ y quienes se preocupan por éstos son, paradójicamente, muy poco inteligentes? ¡Lo sabrá Langan! Hasta el otro martes.

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