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Columnas 19/11/2019

Las décadas sin nombre

@elGrafomano

¿Se han percatado? En 42 días finalizará otra década. Sin entrar en debates cronológicos, cambiaremos nominalmente de los años diez a los años veinte, algo que a muy pocos pareciera importarles. Como los reinados, el mencionado concepto de ‘décadas’ ha entrado en caducidad. Impensable para quienes crecimos durante un decenio tan obsesionado consigo mismo. Los ochenta, primer lapso de diez años completos del que guardo memorias, no cesaron de autoconmemorarse. Durante todo 1989 pulularon balances sobre los hitos políticos, históricos, científicos, deportivos, cinematográficos, musicales y concernientes a cualquier otra área imaginable del conocimiento o la creación entonces acontecidos. Mucho de cultura pop, pero oportuna, en todo caso.

Por aquellos tiempos los noticieros resumían cada suceso acaecido durante el agonizante decenio. La radio programaba especiales con lo más destacado de la producción sonora de la época. La prensa impresa y la televisión aludían sin tregua al lapso que finalizaba y a lo que habría de esperarse del venidero. El tema alcanzó niveles de sobreexplotación tales que aún hoy buena parte de la industria del entretenimiento se sustenta en ‘farras ochenteras’ y bares temáticos.

Algo parecido ocurrió con los veinte, los treinta, los cuarenta, los cincuenta, los sesenta —estos últimos bastante manoseados— y los setenta del siglo XX, períodos con personalidad y rótulos aún muy identificables. De ahí que a la fecha siga siendo fácil establecer, por ejemplo, si determinado tipo de decoración luce anacrónica y ‘setentera’, si alguna prenda en particular acusa síntomas de ‘cincuenterismo vintage’ o si cierto mozalbete rubio con ínfulas de Kurt Cobain y buzo motoso de abuelito optó acaso por instalarse hasta hoy en unos perpetuos noventa.

En lo corrido del milenio sucede lo opuesto. Nadie habla de los 00 ni de los diez, de sus maneras ni de sus costumbres. La pregunta sigue, pues, rondándome: ¿por qué razón las antes tan preciadas décadas habrán dejado de resultarnos relevantes como unidades de medida temporal? ¿Se deberá acaso a la dificultad fonética que implica enunciar las hasta ahora transcurridas? Los ‘00’ (o dicho igual de confusamente ‘los cero cero’) resultan innominables. A los noventa llegó a opacarlos un tanto, aunque no por completo, el nuevo milenio. Tampoco he oído la primera mención a los diez que este año finalizan ni a los veinte por venir. ¿Simples problemas de pronunciación? ¿Ausencia de hechos relevantes por rememorar? ¿Nos habremos mudado, derrotados, al reino de la intrascendencia?

¿O, más bien, tendrá esta omisión origen en lo poco que ha acabado por interesarnos el avance del tiempo, sumidos en los agobios de la supervivencia? ¿O en el hecho de que desde ya hace tanto los años vienen careciendo, en efecto, de la calidad suficiente para llamarlos ‘años’? ¿Se deberá ello a una apatía histórica creciente? ¿A demasiada prisa? ¿Ya no ocurrirán cosas importantes? ¿Faltará algún tiempo más para que este siglo madure, se decante y que así, como los párvulos, vaya percatándose de su propia existencia? ¿O será aquello de las décadas un embeleco antropocentrista? Quiera Cronos que no. Después de todo aún hay quienes anhelamos vivir decenios con nombres y mínimos grados de autoconciencia. Mantenernos de espaldas al segundero y abstenernos de reconocerlo como soberano universal tiene poco de loable y mucho de riesgoso. Así pues, y en verso, “¡bienvenidos los veinte!, aunque nadie esté pendiente”. Hasta el otro martes.