Parte de pesimismo

Por Andrés Ospina

Vivimos en una ciudad enferma de desmemoria y tan descarada como para ufanarse sin recatos de sus amnesias voluntarias. En una tierra descerebrada, y lo que es peor, despojada de corazón. Alegre porque van a tenderle un metro de juguete a manera de consuelo y a hacerla aún más inhabitable de lo que ya es. Residimos en una capital superpoblada, donde un montón de alienados son mayoría y donde casi nadie reclama más allá de su mezquino horizonte de intereses inmediatos. Donde cubrir el verde con un tapiz de cemento es mérito y arruinar una vía patrimonial con barreras anticolados y estaciones de autobuses, progreso. Donde ni el aire que respiramos basta para unirnos alrededor de una sola causa común, más allá de colores, partidos, sesgos y odios inducidos. Donde aquellas obras que comprometerán el futuro financiero y la supervivencia terminan adjudicadas en conformidad con el capricho del autócrata de turno. Donde el discurso se resume en descalificación del pensamiento ajeno. Donde las canchas sintéticas germinan, en detrimento de árboles y animales.

Habitamos una urbe aún a expensas de su credulidad y de la dictadura del publi-reportaje. Sometida a la dialéctica de la desinformación y no a la del raciocinio. Adepta a mitomanías, a falsas independencias y a perpetuarse en el error. De espaldas a los trenes y brazos demasiado abiertos al diesel. Todavía tan ingenua como para creer que los renders se parecen a la vida, pero a la vez tan “segura de sus incapacidades” que ni se permite contemplar el reto de construir un tren metropolitano subterráneo porque “aquí una obra de esas sería un desastre”. Ocupamos un latifundio hundido en la ignorancia de suponer que cemento y obras equivalen a evolución. Nos rodea una clase media aferrada, egoísta y torpemente, a los privilegios que en su infinita candidez cree haber conquistado. Pretenciosa, pero conformista. En teoría altiva, pero en la práctica arrodillada y enferma de miedo e indolencia. Clasista al extremo. Dada a saciarse con migajas, a pisotear sus símbolos y poco interesada en cualquier problema o situación que exceda su horizonte de preocupaciones personales. Poblamos una villa con ínfulas de metrópoli, sobrevolada por fantasmas y representada por estatuas muertas, monumentos que itineran, emblemas que se desvanecen, barrios que se degradan, mansiones que demuelen, bosques que se urbanizan y amangualamientos disfrazados de alianzas público-privadas.

Somos súbditos del reino de lo humano, convencidos de que el entorno vivo nos pertenece y es digno de ser exprimido hasta que la sequía y la deforestación se propaguen por completo. Adoctrinados según los devaneos de la demagogia, venida por igual de zurdos, diestros y ambidiestros. En silencio aceptamos los dictámenes de una estirpe de líderes taladores. Entonces uno se pregunta… ¿tiene sentido oponerse a lo que termina por devenirse inevitable? ¿Habrá acaso algo más desgastante que consagrar las energías propias a combatir un establecimiento omnipotente y que por principio no oye? ¿Habrá mérito asumir la defensa de aquello que el destino parece haber condenado a desaparecer por mano y voluntad propia? La conclusión, por lo inexorable, entristece: Bogotá no tiene esperanza de índole alguna. Quizá mejor dejarla precipitarse por este camino de autodestrucción para que alguien menos estúpido y más sensible que nosotros, sus habitantes actuales, la repueble con los debidos niveles de responsabilidad y dignidad. Hasta el otro martes.

 

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