El espejismo de lo perdido

Por @elgrafomano

Por Andrés Ospina

Hace años, antes de que el alma se nos pixelara y el corazón se nos pusiera en modo multitarea, Colombia tenía en tres canales de televisión y en la radio sus principales fuentes de diversión. Eran tiempos monolingües, cuando todas las producciones en idiomas foráneos venían dobladas, el espectro electromagnético constituía un bien público por el que se debía licitar y Caracol y RCN representaban sólo dos entre varias decenas de programadoras y cadenas de radio.

Quizá debido a ello figuras como las de Gabriel Muñoz López, Jaime Santos o Manuel Busquets nos resultaran tan familiares. Lo aprobáramos o no, aquellos que encendiéramos el Sony Trinitron, el Phillips Trendset o el walkman ‘megabass’ de entonces tendríamos que encontrárnoslos. Los colombianos vivíamos, pues, a expensas de lo que tales medios nos ofrecieran en materia de ‘entretenimiento e información’, pero a la vez más vinculados con cuanto aconteciera y se manufacturara dentro del país.

Así, como un ‘radioescucha’ y un televidente más, e igual que mayoría de mis contemporáneos, conocí a los tres personajes en mención. A don Gabriel, por ser un polifacético comunicador, a quien se le daba con la misma facilidad narrar fútbol que hablar de boleros y entre cuyos méritos estuvo la relatoría de innumerables gestas deportivas. A Santos, por tratarse de uno de esos infatigables guerreros del teatro y a través de Sábados Felices, espacio en el que interpretaba a Clímaco Urrutia. A Manuel Busquets, gracias a Pequeños Gigantes, programa infantil en el que fue compañero de fórmula de una lista de talentos que con facilidad excedería estacolumna, y por su recorrido como actor, publicista y hombre de cine.

Agosto trajo vientos de adioses. No hace una semana este trío nos dejó. Triste despedir a aquellos que con su presencia arroparon nuestros días de asombro, cuando todo parecía posible y el fin lucía similar a un espejismo distante. No faltará quienes resten relevancia al asunto bajo la premisa pragmática de que “inmortales se mueren a diario”. Las líneas en curso no serían, en ese caso, más que otro lamento impotente tipo necrologio contra los designios de natura.

Uno tiende a contrastar. Muñoz López, comunicador sobrio al que nunca se le habría ocurrido siquiera insinuar la ordinariez contemporánea del “consumo de uña”, y cuya carrera se prolongó por varias décadas, incluso nonagenario. Tan distinto en su esencia de tantos colegas suyos muy jóvenes, quienes reducen sus quehaceres profesionales a un par de ‘googlazos’. Jaime Santos, insigne cultor de un humor en la actualidad desplazado por la dictadura del Suso’s Show, comediantes sin gracia y espectáculos afines. Busquets, a quien la molestia de salir lesionado de la cadera y en caminador debido a las irresponsabilidades de un conductor de grúa no le arrebató un gramo de gentileza al final de su vida. Una actitud elegante y disímil de la que por estas fechas despliegan quienes pretenden hacer oír sus voces, abastecer sus egos y posar de activistas a fuerza de altisonancias e insultos públicos.

Me miro y descubro a ese ser descontento con su presente, siempre en pos del retrovisor, revolcándose en el espejismo de lo perdido. Luego intento dejarme de remilgos, finjo que acepto lo inexorable, con sus crueldades implícitas, y me que

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