Hombres particulares

Por Nicolás Samper

1958. Ese es el año que determina ciertas revoluciones en Brasil que perduraron en el tiempo. No siempre los protagonistas tuvieron algo en común y sus vidas no se entrelazaron del todo. Seguramente porque uno tarareó alguna vez su música o el otro se levantó de la silla para gritar un gol inolvidable.

Por un lado, Joao Gilberto Prado Pereira de Oliveira, un tipo que veía en la guitarra una especie de extensión de su cuerpo. Su destino estaba señalado para no hacer nada más en la vida que no fuera sacarle nuevos acordes al instrumento elegido. Tenía apenas 27 años y, en realidad, no había encontrado su propio centro de acción en la vida, andaba errático, sin durar mucho en algunos proyectos, pero obsesionado con poder explorar algo nuevo, musicalmente hablando, sin éxito. Se gastó horas en acordes y en cuerdas que se templaron mucho y se rompieron. Los dedos siguieron allanando ese sendero creativo que, a decir verdad, parecía que no lo iba a conducir a otro lado diferente que a la ruina y así estaba su panorama hasta 1958.

Por el otro lado, con su andar medio choneto, Manoel Francisco Dos Santos. El muchachito que debió ver cómo su cuerpo se deformó por cuenta de una poliomielitis aguda -uno de esos males de aquellos tiempos que era imposible controlar- que no le impidió seguirse reflejando genuinamente al espejo. Porque Manoel era eso: un tipo genuino. Decían que, en realidad, no iba a servir para nada: su cuerpo arqueado, una de sus piernas más larga que la otra, su aspecto era digno de conmiseración y de ahí su bautizo: Garrincha, un pájaro feo, torpe pero veloz de Brasil. Igual el muchacho encontró en ese ser auténtico la posibilidad de encarar la vida con algo más que lástima y provisto de mucha valentía se fue a probar al Botafogo de Río, para ver qué ocurría con su propio cauce que, de acuerdo al panorama inicial, parecía que no lo iba a conducir a un lugar distinto a la ruina.

Joao Gilberto se hizo amigo de Antonio Carlos Jobim, un músico bon vivant y de cultura exquisita, que se interesó también en aquel muchacho de díscola personalidad. Joao decidió grabar un disco y, apoyado por Jobim, se metió en los estudios de grabación en 1958. Un año después saldría al aire Chega de saudade una de las canciones que son parte del entramado inicial del Bossa Nova. Joao entonces vio que había triunfado. Que sí había valido el esfuerzo de imprimir tristeza en medio de la felicidad brasileña con su manera de cantar y de tocar. Joao Gilberto se acababa de inventar uno de los ritmos musicales más hermosos del mundo.

Garrincha fue llamado a jugar con Brasil para el mundial de Suecia. Le dijeron, en los exámenes previos, que mentalmente era inhábil, pero él ni se dio cuenta. Pasaba igual cuando jugaba: no sabía el nombre del equipo que enfrentaba ni de sus contrincantes. Para él todos los rivales se llamaban “Joao”. Y con su gambeta endiablada enloqueció a Europa y casi que sin saberlo, se anotó el hit de ser uno de los hombres más importantes de aquella selección que, en el 58, se inventó una manera de jugar en Brasil. Y ese descubrimiento terminó supliendo el dolor del Maracanazo y construyendo lo que vendría después.

En 1962 ambos tocan el cielo con las manos. Garrincha, en Chile ganando el Mundial, y Joao Gilberto, haciendo al lado de Stan Getz la Chica de Ipanema, una de las canciones más versionadas de la historia. Ellos, Manoel Francisco y Joao Gilberto (fallecido este fin de semana) no solamente se inventaron una manera de jugar y una de hacer música: se inventaron una mejor versión de lo que el mundo había esperado de ellos.

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