Gamero

Por Andrés ‘Pote’ Ríos

Alberto Gamero, al igual que el Pibe, Leonel e Higuita, mantiene su esencia capilar. No tan intacta, porque, mal que bien, el peso de los años hace que la gravedad tumbe una buena cantidad de pelos. Así mismo, Gamero mantiene intacta su identidad, y eso, en estos tiempos tan volátiles, es un don, un plus que lo lleva por el buen camino que ha transitado. Aplaudo de pie al profe Alberto Gamero.

Lo recuerdo por allá en la década de los ochenta. Gamero despuntó en el Unión Magdalena, seguramente al lado del clan Valderrama. Incluso es un símbolo del Ciclón al ser el segundo jugador con más partidos con la camiseta bananera. De ahí, pasó a Millonarios y el frío de la capital, en lugar de amilanarlo, lo endureció. Era un marcador de punta clásico. Sí, el hombre tenía técnica, se animaba a ir al ataque, centraba bien, pero creo que su principal mandamiento era ese que habla bien de los defensores: “o pasa el balón, o pasa el jugador, ¡ambos no!”.

Luego el samario hizo parte de una gran nómina del Envigado en el ascenso del 92, integró el Medellín del ‘Chiqui’ García que fue campeón por cinco minutos en el 93, regresó a quemar cartuchos a su amado Unión Magdalena y terminó su carrera en el desaparecido Unicosta en 1998.

Cinco años después de su retiro, en 2003, Gamero inició su carrera como director técnico en el Chía Fair Play. No sé a ciencia cierta si hizo cursos, si tiene diploma de entrenador o qué preparación cultivó; por este hombre, en estos 16 años, hablan sus hechos y la manera como los ha llevado dentro del marco de su vida profesional como DT.

Piensen en esto. Alberto Gamero fue campeón de liga con Boyacá Chicó en 2008 y con el Deportes Tolima en 2014 de Copa Colombia y en 2018 de liga. Es un tipo al que le ha tocado lidiar con dos de los personajes más complicados del fútbol colombiano, han sido sus jefes nada más y nada menos que Eduardo Pimentel y el senador Camargo. Gamero ha capoteado estas “joyas” y ahí ha salido avante.

No le fue muy bien en sus experiencias en Rionegro –ahí no pasa mayor cosa– y el Junior –ahí solo triunfan Comesaña y el ya retirado ‘Zurdo’ López–, del resto, Gamero es un técnico rendidor y exitoso.

Y sí, este samario mantiene su peinado curioso y original, se viste a su estilo, un día de blazer que va en contravía de la combinación de su camisa; otro día, camisa rosada de esas que tiene brillo propio. Tampoco ha dejado nunca las múltiples manillas que le adornan las muñecas de las manos. Gamero es autenticidad pura y poca corbata, menos mal.

La clave de su éxito es el bajo perfil, el respeto y trabajar como si no hubiera un mañana. Sabe de táctica, lee bien a los rivales, interpreta con sapiencia los momentos del partido, conoce a fondo a su equipo, maneja con buen timón a sus jugadores, no se mete en líos y no se enfrasca en discusiones o líos tontos. Va al punto. No es de hablar de más, Gamero la suda y la suda literalmente hablando. Se la gana bien ganada.

No es el clásico director técnico play, hablador, “vende humo”, incluso tiene problemas a la hora de la dicción. ¡Pero qué va! Eso no ha sido impedimento para él. Hoy, Alberto Gamero es el mejor técnico colombiano. De nuevo lo aplaudo, le manifiesto mi admiración y respeto ¡Un crack!

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