Confesiones de un grafómano

Por Andrés Ospina

Hay quienes nacemos con espíritu de lapiceros. De ahí que nos llamen ‘grafómanos’. Entendemos por ‘grafómanos’ a los transcriptores compulsivos de nuestros pensamientos. A quienes, dado nuestro alto grado de desocupación o soledad, la exagerada relevancia conferida a las ideas propias o la incontinencia verbal subyacente a nuestra personalidad, nos consagramos de manera obsesiva al ejercicio frenético de la escritura, más por adicción o pulsión vital que por vocación, talento o convicción.

También se denomina así a aquellos individuos empecinados en transcribir registros precisos de cuantos razonamientos y desvaríos surquen sus mentes, e incluso de los más insignificantes hechos que circundan sus existencias. Los grafómanos, lógico es suponerlo, precisamos un instrumento y un soporte para consignar tales conceptos, más allá de intrascendencias o consideraciones cualitativas o de cantidad. Por eso acostumbramos rodearnos de libretas, bolígrafos, máquinas, tabletas, lapiceros y demás instrumentos para escribir, con múltiples colores, tamaños, soportes y características. Siempre, por tanto, los grafómanos de corazón portamos orgullosos el lastre de nuestra manía a cuestas, y ello nos deja en evidencia y expuestos a interrogantes incómodos venidos de quienes no entienden.

Ignoro si los tratados psiquiátricos habrán tipificado la grafomanía dentro de su lista de patologías, aunque, por otro lado, estoy seguro de lo poco que a los grafómanos nos preocupa si lo nuestro es o no padecimiento, como también de nuestro absoluto desinterés en curárnoslo. Imagino que cualquier adicto hallará un goce peculiar en sus apremios y encontrará cómo justificarlos. Cabe ser claros y reiterarlo: no todo grafómano está obligado a ser ni es, como algunos desinformados podrían suponer, un prodigio vivo de las letras ni el estupendo calígrafo que muchos esperarían.

La grafomanía viene con su repertorio de padecimientos implícitos y con un buen número de ‘mañas’ asociadas. Los grafómanos experimentamos pánico y desolación ante la sola perspectiva de que alguna palabra o frase, por inocua que sea, se nos fugue. Por ello el principio fundamental que rige la vida de cada grafómano confeso o ‘de clóset’: un grafómano ‘de bien’ nunca estará tranquilo si no se halla acompañado de su kit personal de trabajo ni abandonará su domicilio sin cerciorarse de llevarlo consigo. De lo contrario habrá de sobrevenirle la consecuente inseguridad y las ya conocidas manifestaciones de abstinencia. Quizá no sin cierta razón algunos consideran la grafomanía una muy peculiar modalidad de autoflagelación. Otros, una manifestación evidente de egolatría. Y algunos más, una dolencia que llega al aberrante grado de obstaculizar nuestro discurrir en el mundo como seres normales.

Como sea, hay un deleite especial en la grafomanía que sólo los grafómanos hemos experimentado, rendidos al gusto de ver un lienzo en cada servilleta y un pincel en cada esfero, y a delirar visualizando un posible poema en una lista de mercado. Probablemente sea la utopía de querer organizar sobre el papel un universo cuya inabarcabilidad abruma. Tal vez se trate de un temor sobredimensionado a morir y a que los pensamientos propios se esfumen al ritmo de nuestra existencia terrena. Con todo y su grado de vehemencia, la grafomanía contribuye a que sus cultores no desfallezcan por cuenta del tedio. Al final, aunque adictiva y acaso enfermiza, la maña aquella mantiene los sentidos en alerta y permite, se los dice un grafómano más, que las desmotivaciones no tomen posesión de nuestra conciencia. Hasta el otro martes.

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