Oda al Getafe

Por Nicolás Samper

En Atocha hay que buscar las rutas que conducen a las cercanías, que en esencia son los trenes que van un poco más allá de los límites de Madrid. Un Renfe que llaman ellos y listo: desde el punto que lleva la estación más conocida de la capital española hasta el lugar donde juega como local el equipo revelación de la liga española hay unos 35 o 40 minutos de distancia. Nada más que eso.

Y si usted va de noche a ver fútbol en el Coliseum Alfonso Pérez no se va a perder. Desde la ventana del tren se va a ver a lo lejos la luz incandescente de las torres de iluminación del estadio que alguna vez recibió a la selección Colombia de fútbol. También habrá una buena manera de sentir que vamos por el camino correcto porque usualmente es bien factible toparse en los trenes con un par de japoneses que van a ver a Shibasaki, el volante que los representa así no sea titular muchas veces en el Getafe. Verá cómo los japoneses se bajan rápido y cómo usted seguirá los rayos luminosos de las farolas del estadio para alcanzar la meta fijada. Y esos haces luminosos se convertirán en la manera de guiarse desde la parada del tren hasta los torniquetes de ingreso a la cancha. Porque antes hay que recorrer un pequeño bosquecito de árboles adolescentes con un camino que ha sido surcado por aquellos que hacen el tránsito hasta llegar a Getafe.

Después de salir de ese sector encontrará casas coquetas, de dos o tres pisos, bonitas y armadas de tal manera que esta localidad pareciera más un conjunto cerrado. Son unos dos kilómetros con ese paisaje que hace seguro el camino. Hay una plazoleta luego de caminar hacia el oriente y allí se reúnen los hinchas azules, muy cerca de la tienda oficial del club, cerrada cuando el cronómetro del partido está cerca de ponerse en acción.

El estadio es lindo, pequeño, sencillo, pero provisto de buena visibilidad. Lo más curioso del Alfonso Pérez es aquel anillo que atraviesa el estadio en sus cuatro costados y que se transforma en el único camino para llegar al puesto. Ejemplo: usted tiene una boleta de oriental, pero la única entrada habilitada es por occidental: luego de la requisa, entra uno a una esquina baja, y de ahí lo ubican en un sendero que atraviesa todas las tribunas y uno se va caminando entre las laterales y occidental hasta llegar a oriental. Su silla, como pasa en los estadios decentes, se respeta. Puede estar atestado pero nadie va a ocupar su localidad.

En ese escenario juega el Getafe, un equipo modestísimo, sin grandes figuras en el campo, con algunos nombres medianamente conocidos (Antunes, el lateral por izquierda, Flamini, el suplente millonario por cuenta de su inteligencia inversionista, Shibasaki como atracción turística de sus propios compatriotas, Molina, el veterano goleador que se resiste a dejarse vencer por el tiempo, Soria, el arquero sevillano que encontró una buena posibilidad para resurgir allí, los uruguayos Arambarri, Suárez y Cristóforo) y que hoy está clasificado para Champions League. Le quedan dos exámenes serios para ratificar ese sueño: Barcelona de visitante y Villarreal en casa. Tiene tres puntos de ventaja sobre el Sevilla a falta de dos jornadas y quiere alcanzar ese pedazo de gloria en una liga descafeinada y decidida de antemano en donde ellos agregaron emoción a tanta normalidad.

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