Venezolombia

Por Andrés Ospina

Y otra vez se nos murieron dos inmortales. El uno… don Alberto Cortez, argentino a quien venero desde cuando a mis seis años mi madre me compartiera la canción aquella de Castillos en el aire, pieza recomendable para los que estén dispuestos a seguir la ruta de sus ilusiones, incluso en contra de la incredulidad humana. El otro… don Pastor López, inconfundible voz, omnipresente en festividades, carnavales y demás ceremoniales bailables de aquellos a los que difícilmente un colombiano que se precie de serlo no haya tenido alguna vez el honor de concurrir.

La música y las palabras de ambos resonarán por décadas, espero, en las almas de latinoamericanos de diversas predilecciones, edades y procedencias geográficas. Antes de recibir las merecidas acusaciones por andar escribiendo sobre lo obvio e irreversible, una justificación. Las anteriores líneas no constituirían más que dos lamentos necrológicos fríos a destiempo, de no ser porque la partida del maestro Pastor y las sucesivas menciones a él como “el venezolano más colombiano” o como aquel a quien los nativos de la vecina república creían “hecho en Colombia” me condujeron a un pensamiento, a mi parecer oportuno.

¿Existe acaso alguna diferencia sustancial y verdadera entre uno y otro pueblo… es decir, entre Colombia y Venezuela, más allá de aquellas demarcadas con absoluta arbitrariedad por el centralismo y por la codicia que una vez, siglos atrás, nos separaron? O, llevándolo todavía más lejos… ¿reviste sentido alguno que los llamados países andinos hayan tomado el sendero separatista en tiempos post-bolivarianos?

Las fronteras son grietas monstruosas trazadas por las guerras, por la codicia humana o por el temor o el desprecio sin fundamento a nuestros semejantes. ¿Qué de lógico tiene trenzar discusiones ‘gastrochavistas’ o etnomusicológicas con respecto a si la arepa, el tamal o el joropo son venezolanos o colombianos, cuando tanto las arepas, como las hallacas o los aires llaneros han estado vinculados a nuestras vidas mucho antes de que a alguien se le ocurriera siquiera hablar de dos estados llamados Colombia o Venezuela?

¿Qué grado de racionalidad entraña agrupar un territorio o una cultura a partir del capricho de unos pocos, o exigir pasaportes para recorrer un planeta, parcelado por disposición de nuestro egoísmo? ¿Qué de sensato hay en aventurar disquisiciones con respecto a si la denominación de origen para “oye, traicionera, aunque yo me muera” es local o foránea? ¿Qué de inteligente habrá en amenazarnos desde la oficialidad con hallarnos al borde de sufrir la desdicha del vecino, o en profesar hostilidades por los muchos que, a la manera de Pastor, han venido a llenar nuestra frialdad de ‘broma’, como dicen por allá?

Justo unas horas atrás me enteraba, de forma algo tardía, de que Las caleñas, quizás uno de los principales éxitos de López, es una adaptación de una obra previa intitulada Las limeñas. Si se me preguntara qué clase de sensación me ocasionó el saberlo, respondería con una pregunta: “¿Al final, cuánto importa eso?”. Esta mayúscula Suramérica es un solo pueblo en donde cabemos limeños, cucuteños, colombiches, ‘venecos’ y todas sus innumerables y a veces xenofóbicas denominaciones derivadas. Preferible y de más provecho entendernos como las naciones fraternas que somos, expuestas a los mismos sueños, a las mismas frustraciones, a desdichas similares, a destinos indisolubles o, todavía mejor, a una sola canción que bien podríamos interpretar al unísono. ¡Hasta el otro martes!

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