Todos tenemos un Salieri

Por Andrés ‘Pote’ Ríos

Muy de malas fue Antonio Salieri, compositor de música sacra, clásica y ópera, a quien le tocó coincidir en la misma época de un genio total como Wolfgang Amadeus Mozart. Y fue de malas porque en la historia la figura de este italiano quedó como la que remite a esos personajes que uno tiene en la vida y que están llenos de odio, envidia, mala energía y mediocridad.

Salieri empezó siendo amigo de Mozart. Por lo regular los ‘Salieris’ empiezan así, siendo amigos de uno, y con elogios y zalamería ganan confianza, espacios, pero, de un momento a otro, cambian. La lagartería es inconmensurable en estos personajes, y lo que era admiración (por lo menos es lo que ellos profesan) pasa a la falsedad, el odio, la envidia y todo ese menú de lo paupérrimo de nuestras relaciones humanas.

En su momento, por allá del año 1770 al 1790, Salieri y Mozart coincidieron en el panorama musical de Viena. El cuento es que Mozart, como bien lo dice la historia, era un auténtico “rockstar” del momento, mientras que Salieri era un buen profesor (incluso tuvo entre sus alumnos a un hijo de Mozart y, también, nada más y nada menos, que a Beethoven). Componía, pero su nivel no era del tipo ‘genio’.

Es así como la historia, las versiones –muchas de ellas convertidas en chisme, mito o ficción– enclavaron al señor Salieri como un tipo que siempre le jugó doble a Mozart. Incluso en la brillante película Amadeus, dirigida por Milos Forman (1984), se muestra a un Salieri amargado y abatido bajo la sombra de Mozart. Se ve a un tipo que a diario se nutría de envidia, intriga, malos deseos, cubierto por una nube de toxicidad total hacia el personaje que con méritos y talento lo obnubilaba y lo dejaba en el plano de la mediocridad. Incluso, sin estar comprobado históricamente, hay versiones que dicen que Salieri tuvo que ver con la prematura muerte de Amadeus y fue acusado por plagio.

Y sí, tristemente, todos en algún momento de nuestra vida hemos tenido que lidiar con un sujeto tipo Salieri. De esos que van a hurtadillas, de esos a los que nuestro éxito les causa urticaria. Viven pendiente de tus cosas, de tus logros y celebran tus caídas. Polinizan acá y allá en aras de tu desprestigio y, creo, que en el fondo sienten una especie de “enamoramiento” hacia uno. Eso sí, no te dan la cara, lo de ellos es en las sombras, ya en la luz agachan la cabeza.

Por ejemplo, con mi Salieri me provoca muchas veces plantarle un par de buenos puños y aleccionarlo como hacíamos en cierta época en que el honor era sagrado. Son impulsos, pero hasta ahí. En el fondo la tengo clara, mi Salieri es un mediocre total, posicionado en su función de lagarto, lambón, falso, cobarde, desagradable y bufón. Yo soy su razón de ser, mis éxitos son sus derrotas.

La historia es clara, todos sabemos quién fue y será eternamente Mozart, pocos saben de la existencia de Salieri. Todo está dicho, todo está en orden. Va con “cariño” para vos, mi Salieri…

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