Los primos

Por Nicolás Samper

Ha sido una rivalidad que, en vez de dejar víctimas y ofendidos, ha dejado amistades que nunca se extinguirán. Ellos pensarán lo mismo de mí, de ese vínculo que nos une a pesar de la lejanía. Así tendría que ser en general, aunque algunos como que todavía no entienden de qué se trata este juego en el que no siempre se puede ser feliz. El fútbol es la excusa para poder hablar, para encontrarse y reírse primero de las desgracias propias, y así poder tener espalda para sentarse a hablar de las ajenas. Al menos yo lo veo así.

Porque siendo hincha de Millonarios pensaba en los buenos amigos que me han quedado para siempre y que hacen parte del costado rival, del rojo que la semana que pasó cumplió 78 años de vida. En algún instante de la vida no había cómo burlarse del otro: eran aquellos nefastos años 90 en los que Francisco Feoli recibía puteadas por traer a Raúl César y en los que Roberto Perfumo deleitaba con sus charlas, pero sucumbía en la cancha cada domingo. Tiempos en los que un triunfo en El Campín contra Cúcuta 3-0 le quitaba a Santa Fe la posibilidad de seguir peleando por no descender, por allá en el 93 o en aquel 95 de torneo corto en el que, por andar pensando en la Libertadores, Millonarios casi se va a la B.

La primera relación santafereña que hubo en mi vida fue por cuenta de Alejandro Rivas, tío político encarnizado en llevar a quien se cruzara a sus huestes. Yo, ya instalado en el lado azul, no le di bola y eso derivó en pelear –en el término amistoso, claro– domingo a domingo por cuenta de los resultados de la tarde. Eran años de quiebra cardenal, de colecta pública para que Santa Fe no desapareciera, de James Rodríguez –papá– destruyendo la opción de que se clasificaran al octogonal, de Navarro Montoya agarrándose a puños con Retat y haciendo pistola a la hinchada de Millonarios en los clásicos. Luego se extendería la rivalidad amistosa con sus hijos: Santiago, Juan Antonio y Daniel.

En el colegio aparecería otro legionario santafereño de esos que uno no se puede olvidar: Alejandro Velasco. Pocos podían ser más hinchas que él. Entonces, llegamos a un acuerdo que nos hizo aprender un montón de fútbol y distraernos en épocas de adolescencia: íbamos miércoles-domingo-miércoles a ver a Millonarios y Santa Fe. De esos tiempos aprendimos juntos, a partir de nuestras diferencias, a aguantar chubascos en oriental general, a ir a una localidad más modesta para que nos alcanzara el dinero y así poder comer algo a la salida del estadio, y a correr un miércoles en la noche por la calle 57 hasta la casa de él en Chapinero para alcanzar a ver a Mario César Otálvaro presentando los goles de la fecha en TV Deportes a las 11:10 p.m. Me enseñó también a, después de ver los goles, hacer cara de póker en la troncal de la Caracas mientras esperaba bus, rumbo hacia mi casa.

Con todos hay una historia: con Sebastián Heredia, con Diego López, con Eduardo Arias, con Manuel Carreño, con Juan Pablo Arévalo, con Jorge Balaguera, con Nicolás Serna y con tantos más que celebraron el cumpleaños 78 de un club que a nosotros los azules nunca nos dará alegrías –obvio, no somos hinchas de ellos– pero sí buenos amigos.

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