Lo que no se negocia

Por Nicolás Samper

Es un día especial para casi todos los papás. Siempre hay una primera vez con sus hijos en la cancha, en el estadio. Y uno reza para que nada salga mal, para que Ovelar marque goles, para que De los Santos y Faríñez no se equivoquen y para que Payares no se haga echar. Si todo eso falla, uno sueña con que haya un triunfo en el debut, una victoria que aferre el sentimiento, una celebración que ayude a solidificar los colores en el corazón.

Pasa así: por lo general, el cariño hacia un club tiene mucho que ver con esa herencia instalada desde la niñez. Y los padres son los únicos que tienen un verdadero derecho de ejecución sobre ese cariño, son los encargados de esa potestad de encaminar los sentimientos del niño en términos futbolísticos. Lo digo porque no falta el familiar que pasa de ser chistoso a idiota en cuestión de segundos y lo único que busca es romperle las bolas al padre. Y de golpe, si es posible, llevarse un soldado a su tropa. Pero el objetivo número uno del que lleva a cabo esa estratagema es hacerle pasar un mal rato al papá y a los grandes esfuerzos que ha hecho para que su hijo quiera al club de sus cariños. Ese chistecito pendejo es jarto, es molesto porque suena atrevido y confianzudo. Cada padre verá qué carajo le inculca a su hijo, de ahí que sea indigna la actitud de ese familiar aguado con el que si acaso uno se ve en almuerzos familiares y una que otra Navidad y al que preferimos evitar siempre porque es un hueso, en especial al tomarse un par de tragos, porque él supone que tiene el derecho de desviar las creencias establecidas en casa. Es como si un extraño un día decidiera cambiarles el apellido a nuestros hijos. No. Eso no se hace.

Porque esa enseñanza, la de la elección de un equipo de fútbol, será posiblemente la única que ellos obedezcan al precio que sea. La gente crece y empieza a conocer el mundo. Nosotros vivimos ese trance. ¿Quién no les mintió alguna vez a sus padres? Alguna vez inventamos que nos íbamos con un amigo a jugar parqués y en realidad estábamos aprendiendo a fumar con los malos del curso; o pedimos prestado el carro de la casa para llevar a un restaurante a nuestra novia juvenil, pero en realidad uno terminaba en un motel, con nervios de ser pillado por alguien antes de ingresar y ella bajando la cabeza para no ser detectada mientras les avisaba a sus padres que se había ido a estudiar con algunas amigas para el parcial del viernes. Los ejemplos siguen, pero regresando al asunto que nos atañe, nunca conocí un caso de un hincha del Cúcuta –digamos como ejemplo– que mintió a sus padres porque fue visto en el Alfonso López de Bucaramanga con camiseta amarilla.

De ahí que esa lección sea tan importante. Porque allí nunca habrá mentira: solo amor verdadero.

Por eso me llevé a mi hija al estadio el sábado: para enseñarle el valor de lo innegociable. Y creo que lo aprendió.

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