Dejen morir a diciembre

Por Andrés Ospina

Ya quiero ver extinto a diciembre. Que dejemos languidecer este año sin maquillajes ni atenuantes. Que renunciemos a tantas sonrisas forzadas. A este trópico mal asimilado en donde, por decreto de la soberana Cámara de Comercio y de la tradición judeocristiana, nievan copos de icopor y de espuma contaminante. Ya quiero que las calles de mi ciudad se vacíen y así degustarla, aun cuando sea por una semana, tal como uno soñaría que fuera siempre. Soleada, pero fría. Desatafagada. Respirable. Redimida de sus agobios y hacinamientos. Contemplativa. Sin prisas.

Ya quiero librarme de la superpoblación de arbolitos plásticos, especie no nativa y quimera de burgomaestre vendedor de mentiras diésel. De esos bilingüismos que desde las vitrinas nos invitan a comprar y a celebrar una angloparlante merry Christmas derrochando primas, martillando alcancías o blandiendo tarjetas. De tanto paisaje alpino de cartón. De las navinieves invernales y de los papás y mamás ‘noeles’. Del regalo como compromiso o emblema de hipocresías. Del multicolor de incontables cirios derretidos desluciendo andenes y jardines, terminada la noche de ‘velitas’. De los almacenes saturados, el tráfico infartado, los sobregiros y las promociones fraudulentas que se vuelven regla. De los balances anuales que publican los periódicos y de la lista de celebridades que por capricho regular del destino parten masivamente en los meses 11 y 12. Del interrogante aquel de… “¿y ustedes, los vegetarianos, qué comen el 24?”.

Ya quiero abrazar la certeza de que el gastado periodo en curso no será más. Rendirme con mis ojos vendados a la falsa ilusión de que pronto estrenaremos uno más esperanzador, despojado de tantos resabios y con un nombre menos desprestigiado que este cuyo entierro presenciaremos en breve. Ya quiero que las empresas dejen de celebrar sus festividades de integración de fin de año con salidas a balnearios campestres, reuniones en restaurantes y ayuntamientos eróticos ‘interdepartamentos’, suscitados por la cachondez decembrina y por la ingesta de alcohol que la ‘barra libre’ propicia. ¡Whisky para los jefes! ¡Aguardiente para el resto!

Ya quiero que la pauta de los periódicos deje de ser sólo verde y roja, y que esa paleta cromática tan navideña que dictatorial tintura el entorno completo quede desterrada de cuanto nos rodea. Ya quiero que 2018 perezca. Sin el homenaje del luto como compromiso. Sin “madrugarle a diciembre” ni sorteos extraordinarios de Navidad que compensen los escasos réditos. Sin el coma laboral inducido que caracteriza a esta temporada y a los días, horas, minutos y segundos que vamos contando, esperanzados con que esta inactividad cese.

Ya quiero sentir todo normalizado. Que en los supermercados dejen de estorbar las anchetas. Que las leyes de la demanda y oferta devuelvan los tiquetes aéreos a sus injustas proporciones y no al carnaval de especulaciones que caracterizan a estas fechas. Que no sea prejuzgado rechazar cuantas invitaciones a natillas, buñuelos, aguardientes, lechones y demás condumios farináceos o cárnicos nos sean extendidas. Ya quiero, y cómo no hacerlo, que falten sólo 365 días más para que el alcalde de la villa donde resido entregue el solio a cualquier otro individuo menos bárbaro y más dispuesto a oír que él. Que por un tiempo, cuanto menos, se nos olvide cómo lo nuevo va perdiendo lustre bajo el influjo inevadible de la rutina. Entretanto… hasta el otro año. O mejor… hasta el otro martes.

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