El viejo y el nuevo Dorado

Por Eduardo Arias

Uno nace y luego crece con la idea de que los aeropuertos son para siempre. Me sucedió eso cuando anunciaron que reemplazarían el edificio que durante muchas décadas estuvo en la mitad de la nada y que era un símbolo por excelencia de la ciudad, casi tan querido como el santuario de Monserrate. De niño y no tan niño lo veía como la gran puerta de entrada al país del café, las esmeraldas, el salto del Tequendama y la catedral de Sal. A mí me costó mucho trabajo aceptar que desapareciera ese edificio de concreto y piedra que se inauguró en 1959. Cada vez que llego al nuevo aeropuerto siento como si estuviera en Frankfurt o en Atlanta o en Johannesburgo. Siento que estoy en un gran aeropuerto internacional que funciona como cualquier gran aeropuerto internacional y que fue construido con los materiales y acabados que son habituales en cualquier gran aeropuerto internacional. Es como una plantilla de vidrio y metal que se repite a lo largo y ancho del mundo.

El antiguo aeropuerto, a pesar de los mil remiendos que intentaron hacerle para dizque actualizarlo, nunca dejó de ser una terminal de ciudad periférica, diseñada para recibir DC-3 y DC-4, Lockheed Constellations y a lo sumo dos o tres jets Boeings 707 o DC-8 al día. Eran tiempos en que El Dorado tenía dos largas terrazas abiertas sobre los muelles nacional e internacional, que ofrecían una vista privilegiada sobre los aviones y la pista, algo impensable en estos tiempos de extremas medidas de seguridad.

Se entraba y se salía por el primer piso, lo que funcionaba muy bien hasta bien entrados los años 80. Pero en los últimos 30 años, dejar o recoger pasajeros era todo un caos; cuando salían tres o cuatro vuelos internacionales más o menos a la misma hora, el vestíbulo de los mostradores era casi tan incómodo como la estación de TransMilenio de la calle 100 a las seis de la tarde.

Así que, si se deja atrás la nostalgia y los recuerdos, uno mira con alivio que Bogotá tenga una nueva terminal adaptada a la lógica de un aeropuerto moderno. Algo más que necesario, ya que es el segundo con más tráfico de Suramérica y el tercero de Latinoamérica.

La verdad es que uno se aburre menos en esta nueva terminal. Hay mucho más espacio por donde caminar mientras sale el vuelo, muchos más locales y las salas de espera son cómodas.

Debo confesar que a mí me gusta bastante. Que ya no echo de menos el viejo edificio. Siento que vivo en una ciudad civilizada cuando llego en un bus K86 que me deja una opción distinta a tener que tomar un taxi cuando salgo de viaje con poco equipaje.

Me he familiarizado con los enormes espacios de la terminal. Con sus largos recorridos que permiten matar el tedio de la espera yendo y viniendo de aquí a allá. Y aunque ya no soy el niño que se creía el cuento de que Colombia tenía los mejores pilotos del mundo, esta nueva terminal me genera un orgullo parecido al que yo sentía con el viejo edificio en los tiempos del vuelo Avianca con destino Caracas, San Juan, Madrid, París y Frankfurt.

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