El verano de mi vida

Por Adolfo Zableh

Me fui cuatro meses de viaje porque quería pasar un verano en sandalias y pantaloneta. Hace rato me lo debía y para ello ahorré mucho tiempo, porque si uno va a viajar, ojalá que sea con algo de holgura y con dinero propio, nada de pagar el viaje a 36 cuotas. 

De mayo a septiembre anduve por todos lados, Mundial de Rusia incluido. Polonia, España, Croacia, Bosnia, medio Estados Unidos. Fueron 112 días y siete países, pero no es eso lo único que alcancé a hacer. Vi diecisiete partidos de fútbol, tomé trece aviones, pisé once aeropuertos, alquilé siete carros, usé seis tipos diferente de moneda; dormí en 22 camas repartidas en seis hoteles, cinco apartamentos alquilados y once en casas de amigos o familiares. Pero no solo eso: tomé 16 trenes, de los cuales dormí en doce, los que tuve que coger para ir y volver de los partidos en el Mundial de Fútbol en recorridos de siete a dieciocho horas. Durante mi viaje estuve en cinco zonas horarias diferentes, fui a trece playas y me metí en diez piscinas (¿cuál es el objetivo de veranear si no hay mucha agua de por medio?).

En esos cuatro meses se murieron dos personas queridas y tuve sexo una vez. Vi paisajes increíbles y ciudades que te arrollan; estuve con gente aún más maravillosa: viejos amigos, familiares cercanos, personas a las que no veía hacía años y que en algún momento fueron algo en mi vida. Cuatro meses por fuera de la casa suena a mucho, pero a mí se me fueron a mil. Me encargué de que en lo posible cada destino fuera diferente, cada persona no tuviera que ver con la otra. Nunca dejé de sorprenderme ni de sentir lo inmensamente afortunado que soy. Y todo lo logré a punta de escribir, de hablar mierda en columnas como esta.

A menudo pensaba que, si las vidas pasadas existen, algo muy malo tuvo que pasarme en alguna para que ahora pudiera estar pasándola tan bueno. Igual, varias veces en esta me tocó comer mierda y quedarme en casa comiendo salchichas con gaseosa porque era lo que había, así que llamémosle a este viaje una compensación: lo que la vida no me dio antes me lo da ahora, y en algún momento, con total seguridad, volverá a quitármelo.  He tenido la oportunidad de viajar, pero esta vez fue diferente. Más maduro y con más medios, no escatimé en nada e hice justo lo que quería hacer. Es que la vida es ya y por fortuna puedo ejercer.

Durante el viaje le di duro a Instagram, ‘posteando’ todo lo que me llamaba la atención. Puse fotos de más y siempre que lo hice temí sonar pretencioso y generar no solo envidia, sino fastidio. Igual era un poco la idea: que al ver dónde andaba yo se sintieran mal por estar ellos un martes cualquiera en la oficina haciendo un trabajo que odian. Y no importaba que sus sueldos fueran buenos, porque para hacer un viaje de este tipo se necesita no solo dinero, sino tiempo; no cualquiera puede decir adiós, me voy cuatro meses, ahí les dejo este ‘chochal’.

La foto que abre este texto la tomé en Croacia, en una isla llamada Hvar, pero da lo mismo. La elegí porque es bonita, porque resume más o menos lo que me dediqué a hacer y encima porque esta es una fotocolumna, así que alguna imagen tiene que llevar. Igual hubiera dado una de Colorado o de la Costa Brava, sitios igual de impactantes. El título de la columna, en cambio, sí tenía que ser este. Acabo de pasar el verano de mi vida y no me da pena decirlo, aunque sé que suena cursi.

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