Doctorado en inconformismo

Por Andrés ‘Pote’ Ríos

Twitter anda insufrible por estos días. Facebook es una colcha de retazos e Instagram es un oasis en donde al menos se alimenta el ojo. Sí, sé que las redes sociales son necesarias, incluso yo saco provecho de estas para poder difundir y promocionar mis artículos y productos periodísticos, pero en cuestión de opinión, de ambiente, de fondo, Twitter, por ejemplo, se convirtió en una “tortura china” en donde decir cualquier cosa genera una avalancha de idioteces y reacciones que van de la mano de inconformes con doctorado en inconformismo.

Cualquier opinión, cualquier cosa que involucre más de tres palabras que usted quiera decir tiene que tener una reacción de mínimo tres o cuatro tipos que le refutan lo que sea. Y sí, bonito, pletórico y chévere el escenario del debate, de como dicen los millennials: “no ser tibio”, que hay que “jugársela”, que criticar genera carácter y que hay que “botar un concepto”, por lo regular sin importar la forma. Todas las anteriores ‘magnas’ tesis las he leído en la misma red, pero hay que calmarse. No todo en esta vida tiene que tener una reacción, hay cosas que merecen ser leídas y pasar la página, no todo tiene que tener un novelón de 14 trinos de réplicas y de ires y venires solo para sentir que se es alguien muy valioso y contradictor en la red. Lo curioso es que esos mismos en la vida real, cuando uno los ve a los ojos, en la acción dialógica de la oralidad –el escenario clásico y tradicional de los debates desde la era de los griegos– son unas “mansas ovejas”. Ahí sí oyen, respetan, asumen, contradicen bien, son otros, dialogan sin la tesis del ‘tibio’ y se comportan como adultos. Tan simple es…

Si uno dice que quiere ver a Nairo atacar, ganar y ser el mejor: malo y enemigo de Nairo. Sale un pelagato a decir que con qué, que por qué, que para qué atacar. Si usted considera que Pékerman no debió salir con tres volantes de marca ante los ingleses: usted es enemigo de Pékerman. Y ni hablar de los que dicen que usted no puede decir nada porque no monta en bicicleta, porque no patea un balón, porque no maneja un Fórmula 1 o no cocina un huevo tibio. Si usted afirma que el día es lindo, le dicen que no sea bobo, que hay dos nubes. Si afirma que siente ganas de una flatulencia, le ripostan que para qué comió lo que se comió y que el gluten lo tiene jodido. Si usted manifiesta que le rasca una gónada, le salen con que se las corte por ‘tibio’ y por permitir esa molesta piquiña. Y ni hablar de temas de uribistas, petristas o duquistas. Y yo, que hablo de fútbol, ¡madre mía! Sacrilegio decir al menos si un gol fue bello o feo, le salen hasta con tesis de la velocidad del viento, de la rotación de la Tierra y de una borrasca en Marte que hizo que ese gol fuera una mierda.

Todo lo que se diga tiene que tener una novela de 16 trinos explicándole a un incauto la razón de ser de lo que se dijo. A veces me pregunto si en el salón de clases tuvieron esa misma sagacidad para preguntarles a sus profesores. ¡Ese sí era el escenario! Pero ahí fueron ‘tibios’. Pero en la red, donde no hay caras, la tibieza no vale, vale la valentía de caer como perros salvajes y armar una sandunga depredadora por cualquier motivo.   

Bien lo decía mi abuela (los abuelos, verdaderos sabios al son de la pausa y la tibieza): “Palo porque bogas, palo porque no bogas”. Y es así. Y bien se lo leí al tuitero @AlegandroHoyos: “Ahora en Twitter hay que hacer un tuit y explicarlo y volver a explicarlo, sustentarlo con notas aclaratorias y pie de páginas. Estamos a nada de meterle referencias bibliográficas”. Una verdad total.

Y sí, es cierto que no hay que tragar entero, que el debate es clave, que la argumentación forja, pero ya la cosa pasa de castaño a oscuro. Uno al enviar un trino ya cierra los ojos para no ver con qué diablos van a salir. Es un estrés y no es cobardía, es que en la vida hay que disfrutar las cosas y esto muchas veces no se disfruta. Vivir con una nube de inconformismo siempre sobre la cabeza nubla las neuronas, y ese doctorado, amigos, genera atraso, genera piquiña en las gónadas y ahora no me pidan un ‘tratado’ de 100 trinos para explicarles por qué lo digo. Hay que calmarnos y vivir más…

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