Scott a prueba

Por Nicolás Samper

Algo hablamos en este espacio sobre los ‘raqueteos’ hechos por las autoridades en cada esquina de Moscú y de todo Rusia. Y de los retenes previos antes de alcanzar a pisar la tierra de los zares, porque los países que se convierten en escala previa y obligada hacia estas lejanías también están en el mismo mood: tratar de que no llegue nada diferente a turistas ansiosos de ver fútbol.

El rito es siempre igual: dejar las maletas en la cinta negra que va recorriendo, esperar que el escáner haga lo suyo, entrar a la cápsula que parece imaginada por David Cronenberg en la que uno mismo es sometido a la vista de los supermanes de ocasión que, aprovechando su vista de rayos X, auscultan nuestra humanidad. Entonces a levantar los brazos, a quedarse estático y  a esperar que la Policía nos diga que sí, que pasamos el examen y que ya podemos volvernos a poner la correa, guardar las monedas, agarrar el celular y partir hacia la sala de espera.

Cuando llegamos a Moscú con mis compañeros de RCN lo vivimos, a partir del prejuicio: de hecho, a Juan Manuel Ruiz, avezado cronista y magnífico compañero de viaje, lo detuvieron por un instante para preguntarle si llevaba cocaína en su equipaje. Justo a Ruiz, que es más bueno que el pan y que parece un aventajado papable antes que un pimp estilo Harvey Keitel en Taxi Driver. Pero así es esto.

Rumbo a Kazán, listos para abordar el avión que nos llevaría a vivir una de las más grandes alegrías futbolísticas que alguien haya presenciado in situ –la extraordinaria victoria colombiana y el concierto de toque y despliegue que encabezaron Juan Guillermo Cuadrado, Juan Fernando Quintero y James Rodríguez– llevábamos los equipos de transmisión. Los que necesitamos para conectar en el estadio y que son aparatos portátiles. Yo pasé mi equipo, un Quantum –así es su nombre– que es una cajita desde la cual uno puede transmitir –tras un par de maniobras– desde cualquier lugar del mundo.

Puse entonces el Quantum en su maleta y lo dejé solo para que recorriera la cinta, mientras yo pasaba por mi propio retén. Cuando salí, el hombre que miraba las cámaras me dijo: “Where are you from?”. Yo respondí, como guía práctica de inglés básico: “I’m from Colombia”, y sonreí de manera cretina. El hombre me pidió que abriera la pequeña maleta. Me miró a los ojos y decía: “Mmm… Colombia”. Fue en ese momento que sacó un papelito blanco, una tirita delgada para refregar la bolsa y su contenido. Refregó y refregó y el papel seguía blanco. Me dio la maleta de mala gana y me dijo que siguiera.

El funcionario no podía estar más frustrado: la prueba de Scott –la que usan en los aeropuertos para descubrir cocaína– había salido negativa. Seguro el sujeto quería algo de acción, ver que esa hojita inocente se volviera de repente de color azul para así darle una pizca de picante a su día anodino al frente de los radares del Domodedovo.

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