Sed

Por Nicolás Samper

Es cuestión de abrir una puerta, de levantar una piedra o de abrir un grifo y en toda Rusia siempre habrá un mexicano. La armada de hinchas que llegó al Mundial es tremenda y ante los alemanes ellos fueron locales, por supuesto, porque muchos de ellos se encuentran en Moscú y van hasta donde tengan que ir con tal de estar detrás del Tri.

Las temperaturas moscovitas a mediodía pueden llegar a ser agobiantes: el calor alcanza los 27 grados, pero el sol pica fuerte y aquellos que no conservamos un tejado que nos proteja lo sufrimos de inmediato. Provoca raparle un sombrero mexicano a uno de ellos y quedarse sentado al borde de una pared mirando hacia abajo, con la punta del sombrero apuntando al que quiera ser interlocutor para decirle que no es hora de molestar, que estamos dormidos. Pero ellos, los mexicanos, nunca duermen: son hinchas felices y tan expresivos como nosotros, y cada vez que a lo lejos se oye el coro de “canta y no llores” se sabe que aparece un grupo gigantesco de ellos.

Justo en la calle Nikol’skaya –una peatonal cubierta de luces y que conduce ‘impajaritablemente’ a estrellarse a pocos metros con la Plaza Roja y la catedral de San Basilio–, el día del juego ante los alemanes nosotros, los periodistas colombianos, estábamos buscando un sitio para descansar los pies ante el trajín y para encontrar una cerveza. Sin embargo, no había manera de entrar a ninguna parte. La embajada mexicana en Moscú con su alegría y jolgorio ocupó todas las bancas de los restaurantes y bares aledaños.

Hasta que por fin un sitio con bancas disponibles. Estaba muy desocupado, de acuerdo a la algarabía que se vivía en la calle. Se necesitaba un respiro y en especial una cerveza. Pedimos la cerveza y el dependiente solamente dijo: “Finish”. Y en la barra del bar comenzó a decirnos: “The mexicans finished it. No wine: finished. No vodka: finished. No beer: finished. No Coke: finished. No water… All is finished. Sorry”. Era verdad: en los estantes solo botellas desocupadas. Vendió todo. Nunca me había tocado entrar a un sitio y que no hubiera ni una copa de Varsol para beber, y aunque nosotros, de boca estropajosa, lamentábamos como pocos la ausencia de algún líquido, más triste estaba el dueño que entendió que debió abastecerse mejor ante las gargantas profundas de origen azteca.

A los tres o cuatro días me enteré, a través de la prensa, de que un hombre mexicano se había ido de fiesta con una rusa y que fue reportado como desaparecido, y que tras la búsqueda desesperada de su familia el hombre por fin dio señales de vida. Pensaba en él y en ese bar en el que no había trago y no se por qué, pero quiero creer que en algún momento ambas historias se debieron cruzar en el camino.

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