Homenaje al micro

Por Eduardo Arias

En estos días se juega el Mundial Rusia 2018 y el único tema cien por ciento bogotano que se me ocurre para este mes, que gira en torno al más popular de los deportes, es rendirle un breve homenaje al microfútbol y, en particular, a su presencia casi omnipresente en todos los barrios de la ciudad. En estos tiempos es todo un enredo intentar explicar en tan pocas líneas las diferencias o coincidencias que existen entre microfútbol, fútbol sala, fútbol de salón… Así que para efectos prácticos me quedo con la palabra micro. Este deporte suele jugarse en rudas superficies de asfalto con un balón más pequeño que el de fútbol, que pesa mucho más y casi no rebota. Por ese motivo, un buen futbolista no necesariamente se desempeña con éxito en este juego.

El micro es el deporte de Bogotá. Nació en Uruguay en los años 30 y se expandió por Suramérica a partir de 1965. Bogotá era perfecta para que calara de la manera en que ha calado. La ciudad dispone de muy pocos espacios públicos donde puedan adecuarse canchas de fútbol. En cambio, hay centenares de parques de barrio que ocupan una o dos manzanas de extensión, donde cabe perfectamente una cancha de básquet, a la que se le agregan las dos porterías necesarias para jugar micro. Están presentes en el sur y en el norte, en los sectores populares y en barrios elegantes.

A partir de los años 70 comenzaron a aparecer canchas de micro por doquier. Recuerdo, por ejemplo, la llegada del micro a los parques del Brasil y de Teusaquillo, los más cercanos a mi casa. En el parque del Brasil había una explanada de tierra donde se jugaba fútbol y ya no crecía el pasto. En el parque de Teusaquillo, la cancha de micro está ubicada en todo el centro y rodeada de unos enormes pinos.

Gracias a estas canchas, estos dos parques comenzaron a recibir la visita de habitantes de otros lugares de la ciudad. Se organizaban infinidad de torneos y eso hacía que los parques dejaran de ser “de los del barrio” y se compartieran con jugadores de toda la ciudad que participan en alguno de los centenares de campeonatos que se juegan de manera simultánea en Bogotá. En 1987, yo participé en un torneo interno del Inderena y todos los sábados íbamos a jugar a una de las canchas del parque del barrio La Esmeralda. El microfútbol también fue determinante en mi vida. Un año antes, recién terminado el Mundial de México, varios amigos nos reuníamos a jugar micro en el parque de la calle 107 abajo de la 19. Allá conocí a Ricardo Jaramillo, quien me propuso entrar a su grupo de rock, que hoy se conoce como Hora Local.

Tal vez muchos de nosotros no nos hemos dado cuenta de que estas canchas de micro son un símbolo de la ciudad. Cada vez que camino por algún barrio y paso por esos parques, muchas veces desocupados, siento que las silenciosas porterías de micro son tan bogotanas como la iglesia de Monserrate.

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